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En recuerdo de Joselito


Hay hechos de tu infancia y adolescencia que nunca olvidas, por alguna razón: se salieron de tus perspectivas, te ocurrieron acompañado de alguien que significó mucho en tu vida o simplemente fueron extraordinarios. Este pasaje de mi vida adolescente tiene todos esos ingredientes; fue por allá  a finales de mayo del año 1972, cuando en compañía de mi hermano mayor Joselito (Q.E.P.D), yo le decía Joselo, no me iba con ese diminutivo con que le bautizó mi padre en honor a un torero de su época. Fuimos a Maracay invitado por él desde luego, a presenciar dos eventos que se efectuarían en la Maestranza Cesar Girón, en un fin de semana, el primero el sábado, una pelea de boxeo de los pesos pesados y el segundo el domingo, una novillada en la que se presentaría el hermano menor de Cesar Girón que causaba revuelo por esos días: Freddy Girón, en un “mano mano” con Carlos Martínez, otro novillero que triunfaba en España.


La afición de mi padre por la “fiesta brava” era vista por  Joselito con simpatía y su nombre de torero no podía quedar en un simple capricho de ese fanatismo, debía al menos hacerle algún gesto a la dinastía.


Joselito es mi hermano mayor, pero él no fue criado con nosotros (sus otros tres hermanos) ya que muy pequeño mi abuela paterna: María Alejandra, había decidido hacerlo ella, era toda una matriarca. Por eso él tuvo unos lazos afectivos con nosotros un tanto distantes y quizás por esos días procuraba reivindicar nuestros afectos, siendo yo su hermano menor.

Tomamos un transporte colectivo que nos llevó desde Caracas y creo que nos aventó cerca de la Plaza de Toros. No tuvimos inconvenientes en comprar entradas para la velada boxística en la que el venezolano de Cariaco, José Luis García, famoso por el nocaut que la había propinado al entonces novato Ken Norton (a la larga célebre por sus combates con Mohamad Alí y su interpretación de “Mandingo” en el film del mismo nombre) se enfrentaría al gigante gringo John Hudgins.

Esa fue una contienda con desenlace inmediato, los dos gigantes negros ya en decadencia, intercambiaron explosivos impactos que tronaron en el ring y sacudieron de sus asientos a los espectadores. El venezolano de un puñetazo descomunal lanzó fuera del ring al gigante gringo, quien no pudo recuperarse a tiempo del impacto y se decretó el nocaut. Antes hubo unas refriegas bastante movidas y emotivas de pesos plumas y ligeros.


Terminada la velada boxística salimos a comer y a determinar el itinerario  a seguir. En esos tiempos también la juventud estaba envuelta en modas o estilos de vida irreverentes o controversiales como los “hippies”  que uno asociaba con la droga, el desaseo personal y la vagancia. Mi hermano era en eso muy sano, pero no sé si por razones económicas o prácticas resolvió esa noche que nos quedáramos recorriendo las  calles (eran tiempos en que este desenfado se podía hacer sin riesgo de ser atracado), ya que las entradas para la atractiva corrida de toros o novillada comenzarían a venderse desde muy temprano y seguramente se formarían largas colas desde la madrugada.

Gran parte de la noche paseamos recorriendo las zonas más concurridas y finalmente cuando acusamos el cansancio nos sentamos en una plaza -muy florida recuerdo- a descansar y  esperar el alba para acercarnos a la plaza a formar la cola para comprar las entradas. Ya en esos tiempos los inefables “revendedores” hacían de las suyas y cuando llegamos a la taquilla solo quedaban entradas para las gradas que denominaban “Sol” (una “pepa de sol”).  No nos quedó otra que comprar “Sol” y cuando salimos de la cola los revendedores ya habían triplicado el precio de las entradas preferenciales y de sombra. Allí esperamos imperturbables bajo un sol inclemente y el calor de Maracay la hora de entrada al coso maracayero. Cuando entramos, aprovechando mí entonces menudo cuerpo cometí el atrevimiento de apartarme de mi hermano y deslizarme hacia uno de los  palcos de sombra más cercanos a la arena desde donde pude ver VIP el espectáculo, sin perder de vista la ubicación de Joselito.

Esa tarde los novilleros dieron unas faenas  apoteósicas, como diría un entendido; cortaron ambos orejas y Freddy Girón, como se esperaba, resultó el triunfador; salió a hombros de los fanáticos y en medio del tumulto y la algarabía mi hermano logró llegar hasta donde yo estaba y pudimos salir por la puerta grande acompañando la eufórica multitud. Desde ese momento me simpatizó el arte taurino y comprendí la pasión de mi padre y de los fanáticos, que a los años pude entender mejor cuando me tocó tener de compañero de trabajo en el Ministerio de Energía y Minas a Nelson Arreaza, fanático célebre, hoy un reconocido comentarista radial de las corridas de toros.

Apenas salimos de la Maestranza buscamos apresuradamente el transporte que nos llevaría de regreso a Caracas. Ese fue un paseo medio “hippie” que disfruté mucho y que nunca olvidaré porque fue uno de los pocos que compartí con mi hermano Joselo. Fui con él también a algunos encuentros tremendamente emocionantes entre los “Leones del Caracas” y “Los Navegantes del Magallanes”, que afortunadamente ganaron los entonces “gloriosos Leones”.  Recuerdo uno muy particular donde en extra innings  dejaron (o dejamos como dicen los orgullosos fanáticos) en el terreno al Magallanes con un jonrón con tres en base de Larry Howard, campeón jonronero ese año. Joselo era un furibundo fanático de los Leones y desde luego con él nació mi modesta afición por ellos.


En octubre cuando se inicia la zafra siempre rememoro esos pasajes. En estos tiempos él  estaría sufriendo porque los “Leones” ya no ganan como antes y a los estadios no provoca ir ahora por la hostilidad e inseguridad que reina. Afortunadamente la tecnología del HD y la comodidad de la casa  nos compensan medianamente la emoción que nos perdemos al no presenciar los encuentros en persona. Vaya esta crónica en honor a Joselito.



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