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Abismo rojo



Oliver ha decidido viajar a Cúcuta, Colombia, para adquirir los medicamentos que requiere la salud mental de sus ancianas madre y suegra ante la imposibilidad de hallarlos en territorio venezolano, dada la critica escasez de medicamentos, entre otros rubros, que vive el país gracias a las nefastas políticas comunistas implementadas por la revolución chavista. Debe tomar un bus y soportar las incomodidades de un largo viaje por tierra expuesto a los riesgos y sinsabores propios del turismo por  las penosas y peligrosas carreteras venezolanas. Le inquirimos sobre su actividad y nos dice: 
             
A veces me provoca descansar de la escritura un tiempo, pero veo que es imposible. Cuando paso tres días sin pergeñar un párrafo me siento tan inútil como cuando paso una semana sin ejercitarme en las canchas de tenis. Definitivamente son las pasiones que oxigenan mi vida.
De regreso de Colombia probablemente les haré la crónica de ese episodio.  Por lo pronto les copio la semblanza que acabo de escribir sobre el abismo que viven los venezolanos y las similitudes de sus dramas con las de los pasajeros del Titanic la madrugada de su hundimiento.    


“El otrora país saudita ahora en sus estertores, como el “Titanic” desbordado por los efectos previsibles de un aparatoso e imprudente impacto, ha iniciado el momento cumbre de su hundimiento sin posibilidades de rescate. El capitán totalmente perturbado gira a la tripulación instrucciones destempladas y movidas más por la angustia y la desesperación que por el raciocinio.

Sus pilotos, timoneles y jefes de maquinas, abrumados por los reclamos de los pasajeros que piden auxilio e información sobre sus posibilidades de sobrevivencia, optan por poner a salvo sus objetos de valor y su vida, apertrechando sus reservados botes salvavidas con lo mejor del botín a bordo.

El capitán, en un rapto de desesperación, convoca a proa a los fieles de la tripulación y a lo que queda del contingente de pasajeros que creyeron ciegamente  en la travesía feliz y segura escogida por un engreído e improvisado capitán  que apenas había subido a un peñero y tuvo la osadía de asumir la navegación de ese inmenso buque en medio de aguas turbulentas, con unas cartas náuticas elaboradas por un desquiciado navegante -ya fallecido- que solo soñaba con epopeyas y batallas napoleónicas.


El torpe capitán convencido de la grandeza de su legatario se aferra en cumplir “rodilla en tierra” apoyado por sus pusilánimes marineros las coordenadas de esa peregrina y absurda carta de navegación que a todas luces conduce al abismo, pero como bien reza el dicho “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. En su locura le acompañan músicos de cámara abstraídos de la catástrofe que luce inminente.


Muchos pasajeros cansados de esperar por alimentos y acertadas medidas de salvamento ya se han amotinado en estribor pidiendo la cabeza del mediocre capitán y de su estúpida tripulación. En la proa se concentra un menguado número de fieles y perplejos pasajeros y tripulantes vestidos de rojo, con cara de atormentados que hacen recordar escenas de la serie de zombis “The Walking Dead”. Parecen complacidos al escuchar el discurso panfletario del imbécil capitán, que agarrado del trinquete en el que iza la bandera roja, balbucea consignas en contra  de la naturaleza, de los amotinados y de los capitanes de otros barcos vecinos que desde distintas posiciones alertan por radio los graves errores de navegación que advierten en ese capitán, sus acólitos y en la nefasta carta que señala las mismas coordenadas y maniobras que han conducido a otros barcos a la profundidad de las aguas.

Entre tanto, en la sala de maquinas se desatan serias reyertas entre los obreros maquinistas que desean saltar a las aguas a riesgo de ser devorados por los tiburones y los que se aferran estúpidamente a cumplir con los disparatados planes de navegación que cuatro imbéciles amanuenses interpretan absurdamente al antojo del desquiciado capitán y cuyos papeles originales ya roen las ratas asustadizas que han alcanzado la bitácora.


Un escalofriante episodio ocurre en uno de los recovecos de la sala de maquinas. Varios hambrientos niños polizontes disputan a las ratas de los albañales mendrugos de los banquetes de la noche de juerga de los pilotos y jefes de maquinas. Ante el reproche de dos marineros insomnes se inicia una riña en la que descargan la rabia acumulada por el abandono e indiferencia de todos, asestando innumerables puñaladas a  los marinos hasta verlos morir desangrados. La alarma que produce la espeluznante escena se cuela por la radio a distintas partes de la embarcación y cunde el pánico entre los confundidos pasajeros y la tripulación. El perturbado capitán procura ignorarla, incitando a sus esmirriados zombis a corear unos tontos canticos de gloria  para distraerles de la inmensidad de la tragedia.

Las embarcaciones cercanas al Titanic bolivariano avisan de su interés en prestar auxilio, pero el energúmeno capitán como poseído por algún macabro espíritu demoníaco en trance rechaza el socorro y niega la existencia de la calamidad por todos presenciada.

Amotinada en estribor la mayoría que ha sumado nuevos descontentos reclama furiosamente la designación de un nuevo capitán que con experiencia y sensatez conduzca en medio de la tormenta perfecta el rescate del barco …. (Continuará….).


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