Libro "Match en Ucrania"
Match en Ucrania
OLINTO MÉNDEZ CUEVAS
Copyright © 2022 Olinto Méndez
Todos los derechos reservados.
A mis nietos Diego, Fabiola, Sofía y Samuel.
Índice
Contraportada
Prólogo
En los ámbitos académicos dedicados al estudio de las ciencias sociales y humanas es común escuchar que la literatura no es la expresión más fidedigna para representar científicamente el drama humano acontecido en un conflicto bélico, sino más bien, la historiografía o los tratados académicos de corte sociológico o politológico, entre otros. No obstante, otras miradas propias del paradigma postpositivista y posestructuralista demuestran que la literatura, en su variadas modalidades y manifestaciones, adquiere un valor inusitado cuando se trata de enunciar cómo se vive y se siente una guerra desde las subjetividades de las personas comunes, quienes son, en último término, las más afectadas.
En este orden de ideas, el escritor es un artífice, cercano o lejano a la realidad reconstruida de forma ficcional, con alguna capacidad para entender los símbolos y signos que en lo cognitivo, afectivo y conductual identifican en el nivel más profundo a las personas en su mundo de vida, en su cotidianidad, en sus identidades y, claro está, en sus relaciones intersubjetivas que son las que configuran en cada momento, para bien o para mal, sus espacios sociales de convivencia, que por lo demás se ve dramáticamente alterada por la impronta de la guerra.
Olinto Méndez Cuevas es una suerte de exegeta o hermeneuta encargado de interpretar en clave literaria uno de los conflictos bélicos más repentinos y absurdos de la historia contemporánea mundial, como lo es la invasión de la Rusia de Vladimir Putin a Ucrania, acontecida desde las postrimerías de febrero de 2022, nación de Europa del Este que ha luchado como ninguna por construir un proyecto nacional de cara a la modernización integral de sus fuerzas productivas en el marco de Europa occidental, de la Unión Europea y de la OTAN, proyecto que encarna la necesidad de superar en el imaginario colectivo un pasado soviético que ataba la suerte general del país a una estructura totalitaria de poder, que negaba a las mayorías el goce y disfrute de sus derechos fundamentales, como la libertad, propiedad y autonomía de la persona frente al estado colectivista.
La lectura sosegada de Match en Ucrania denota que el autor entiende que, más allá de las diferencias históricas y culturales, la lucha de Ucrania bajo el liderazgo de Volodímir Zelenski no es en ningún caso un fenómeno local, sino un esfuerzo mucho más amplio, conectado con los procesos libertarios que ayer y hoy han hecho avanzar a la humanidad a una fase moral cualitativamente superior, de ahí que este esfuerzo se conecte muy bien en la obra con el anhelo de libertad de Venezuela, que padece desde hace dos décadas las mismas contradicciones de las experiencias del socialismo real de antaño que, más allá de su “retórica progresista” para reivindicar los derechos de los humildes y vulnerados, terminó en la realidad concreta desmantelando la democracia y el estado de derecho.
Una lectura filosófica de esta novela corta de Olinto Méndez Cuevas revela que en todas las sociedades humanas la dialéctica libertad-opresión/democracia-autocracia/prosperidad-atraso es una constante histórica universal; de modo que son las personas comunes, como las que retrata el autor en su relato, las que tienen la responsabilidad de luchar para defender sus espacios de libertad y dignidad, a pesar de lo terrible que puede resultar un adversario como la Federación Rusa, una de las más destacadas potencia militar de la actualidad y que, además, esta lucha significa un compromiso moral para todas las personas del mundo que ven en la democracia y los derechos humanos la mejor forma de vivir y convivir a pesar de las adversidades y de los conflictos políticos e ideológicos.
Dr. Jorge J. Villasmil Espinoza
Universidad del Zulia
Maracaibo, Venezuela
Marzo de
1
¡Pum!
El alborozo que acompaña al estallido del corcho al salir disparado de la botella de champán lo provoca Samuel, al destapar la botella la noche de Navidad de 2021 en la amplia cocina de la casa de Luciano Lanús en Kiev. Procede a llenar —a pedido de la señora Lucila, madre de Luciano— las copas que están en una bandeja de plata sobre la isla de mármol blanco.
—¿Cómo son las fiestas de Navidad en tu país? —le pregunta Lucila con perceptible entusiasmo en su precario español.
—¡Ay, señora Lucila! Antes de que llegara la desgracia del socialismo, Venezuela en diciembre era un país muy alegre. No faltaba la música y las bromas en las reuniones. Muchos iluminaban los balcones con luces de colores. Se quemaba mucha pólvora. Fuegos artificiales. ¡Éramos felices!
—Vamos a la sala Samuel, ¿te parece? —le sugiere Lucila.
—¡Sí, vamos!
Samuel recibió la Navidad y el Año Nuevo junto a la familia de Luciano, pero ya había hecho algunos amigos entre los comensales italianos y lusos que frecuentaban Niccolino. Desde muy joven, en Caracas, encontraba fácil entenderse con esa inmigración.
En los días de descanso jugaba al tenis en las canchas del Marina Tennis Club, donde tuvo la oportunidad de conocer a la bella jugadora ucraniana Marta Kostuik, de un porte similar a Masha (María Sharapova). Quedaba embelesado viéndola jugar.
Allí también conoció al alcalde de Kiev, el excampeón mundial de peso pesado Vitali Klitschko que se relajaba raqueteando en las noches con el padre de Marta. Los ucranianos son gente muy afable —le comentaba a sus amigos venezolanos con quiénes mantenía grupos de WhatsApp.
Una amena conversación con los padres de Luciano y Lino, quien trabaja como supervisor en Yara International, antecede a la cena de Navidad.
La Navidad en Ucrania es una fiesta muy especial. La cena de Navidad se celebra el día 6 de enero, pero los padres de Luciano conservan la tradición de sus abuelos respecto de la fecha. Es un evento solemne, se preparan 12 platos (en honor de los doce apóstoles en la Última Cena con Jesús). Todos los platos se cocinan sin grasa animal y se da preferencia a los pescados, setas, legumbres, etc. Los platos pueden variar según la región de Ucrania, pero no pueden faltar los más típicos.
Así, el plato principal es «Kutia» (кутя). Está hecho por trigo, semillas de amapola, frutos secos y miel. Es un plato dulce y simboliza el bienestar en la casa —le explica Lucila a Samuel acompañando sus dichos con gestos de delicia. Los italianos son muy expresivos y eso divierte mucho a Samuel.
La esposa de Lino, Lecia, conversa en el balcón con Sofía, la hermana de Luciano. Lucila revisa los detalles de la mesa, la pulcritud y colocación de los platos, cubiertos y copas. Se escuchan fuegos artificiales que estallan e iluminan de colores el cielo de Kiev.
En la conversación, Lino pregunta a Samuel sobre su trabajo de cocina en Niccolino y sobre su vida en Venezuela y el paso infructuoso por Argentina. Él relata algunos pasajes dramáticos de esos tiempos en su patria. Lamenta resaltar esa serie de episodios, pero todos muestran curiosidad por su versión.
—¿Qué les pasó a ustedes? ¿Cómo perdieron la democracia que tenían?
—Lo que pasó, Lino, fue que la población estaba harta de los partidos políticos y de sus gobiernos corruptos, que tampoco daban buenos servicios públicos. Vino entonces un militar encantador de serpientes, un tipo que hablaba con la vehemencia de un pastor evangélico y nos envolvió con el cuento de que él sí iba a reivindicar los derechos de justicia, salud y bienestar que la mayoría reclamaba y por lo que él había intentado un golpe de Estado.
La mayoría le creyó el cuento, pero resultó más corrupto y perverso que los anteriores y después se murió y dejó uno peor que él.
—¿Y por qué no han podido salir de ese gobierno?
—Es que se montó en el poder una mafia tenebrosa que secuestró a las instituciones. Las fuerzas armadas y el poder judicial están en sus manos y ellos no van a entregar el poder porque saben que después terminarían presos. Estamos atrapados, sin salida. Es un país de rehenes.
—¿Y qué dicen los grandes políticos de ese país que antes gobernaron?
—Allá se han muerto los mejores políticos que tuvo el país. Quedan algunas figuras, pero silenciadas por los medios en manos del régimen. Otras están en el exilio, se han ido por las amenazas de cárcel y la persecución que han sufrido. Han sido anulados por la represión. Un grupo intentó deponerlo por las armas, pero resultó una mamarrachada.
Samuel había llegado a Kiev, la capital, por invitación de Luciano, el amigo argentino que se desempeñaba como chef en un restaurante italiano de la calle Jreshchátyk cerca de la Plaza Bessarabska. Le ofrecía conseguirle ubicación con alguno de los contactos que había hecho en el ramo de distribución de alimentos en el que Samuel tiene alguna experiencia. En Ucrania no requerían visa a los venezolanos ni argentinos, el trámite para el permiso de trabajo era sumamente sencillo. Además, había muchas oportunidades de trabajo, ya que los sectores de turismo y gastronomía estaban en pleno auge desde que asumió la presidencia Volodimir Zelenski, un comediante de la televisión que alcanzó el voto mayoritario de los ucranianos y estaba realizando una estupenda gestión. Esos sectores recibían un espaldarazo del gobierno.
A los días de haber llegado Samuel, Luciano le pidió a Nilson, maitre del restaurante Niccolino en la calle Olesia Honchara que necesitaba asistentes en la cocina, que le diera oportunidad a Samuel, en negro, solo durante el mes de diciembre.
2
¡Sí, sí, sí se puede!
¡Sí, sí, sí se puede! Grita una multitud exaltada en medio de la plaza Francia de Altamira. Un joven alto, de incipiente barba, arenga las masas subido a un banco de la plaza. Les recuerda los infames atropellos de los cuerpos policiales y la guardia nacional sobre las manifestaciones pacíficas de la oposición. Juan Carlos Requesens encabeza la marcha que se dirige a La Castellana.
Samuel rememora pasajes de las protestas en Venezuela bajo los gobiernos de Chávez y Maduro. En especial, los aciagos momentos de la marcha hacia el Tribunal Supremo de Justicia, cuando ascendía la multitud por la avenida principal de La Castellana. A la altura de la Cota Mil, fueron recibidos con una lluvia de bombas lacrimógenas. Un helicóptero sobrevolaba los alrededores. Se escuchan disparos. La multitud aterrada se dispersaba entre las calles aledañas. A su lado, Sandra —la novia de Samuel—, cae fulminada por un tiro de fusil de un guardia nacional bolivariano. Gritos de pánico y desesperación siguen a la escena. Fueron minutos terribles. Llegó sin signos vitales a la clínica Ávila.
—Habíamos asistido a casi todas las marchas de la oposición. Varias veces acompañamos a Juan Requesens y Gaby Arellano, líderes de los partidos Primero Justicia y Voluntad Popular a la cabeza de las marchas —confiesa Samuel a la prensa.
Esta fue la última participación de Sami en esas manifestaciones de la oposición. A partir de ese momento vivirá un vía crucis para salir de Venezuela.
3
Aquella primera semana de agosto, la segunda avenida de Santa Eduvigis mostraba un aspecto realmente patético. Por ambas aceras surcaban aguas servidas que constituían serios obstáculos a los peatones que debían atravesar la calle y una incomodidad para los conductores ante la posibilidad de salpicar a las personas.
Samuel pensó que tan deplorable circunstancia sería ideal para los entrenamientos de Yulimar Rojas, la venezolana que en esos momentos causaba furor en las olimpiadas de Tokio con un performance histórico en el salto triple.
Le hizo ese comentario en son de humor negro a su partner del tenis que le acompañó a buscar en el maletero de su apartamento, algunos libros y otros objetos que quería meter en la maleta que hacia presuroso en la víspera de su viaje a Buenos Aires.
—Realmente Juan, todos los días encuentro un nuevo motivo para largarme de este infierno —le dijo seriamente disgustado por el estado de las calles aledañas a su residencia en Sebucán.
—Así está todo el país —acotó Juan como para consolarlo.
—No entiendo, Juan, por qué insistes en quedarte en esta vaina. Esto ya no tiene remedio —sentenció Samuel.
—Tengo que esperar que se definan algunos temas familiares y no puedo regresar a mi país, que ahora cayó en la misma trampa.
Juan es peruano y en su país, un mequetrefe comunista acababa de asumir la presidencia venciendo a la hija de Fujimori.
—Estos países del sur están poblados de idiotas —afirmó Samuel resignado.
El apestoso estado de las instalaciones del Metro venía provocando en Samuel una repulsa que no lograba comprender. Ingresaba a sus estaciones casi a diario desde que le robaron el Aveo, días antes de comprar el boleto al exilio. Finalmente determinó que el motivo no era tanto sanitario, sino ver tantos compatriotas famélicos en los andenes, con una mirada extraviada o sombría, signos inequívocos de que languidecen sus esperanzas de sobrevivir en medio de la calamidad que asola al país desde que el chavismo secuestró hace más de veinte años las instituciones venezolanas.
—Lo que más siento de irme —le comenta— es que siempre soñé con vivir mi vejez en la isla de Margarita y esa ilusión se ha disipado. "La perla del Caribe" como le llamábamos orgullosos los venezolanos, antes de que esta desgracia cayera sobre Venezuela, era mi paisaje más añorado para las vacaciones. Sus playas, sus pueblos, su comida, su gente, sus atardeceres y las amistades que a lo largo de tantos años y visitas hice, me hicieron imaginar una sublime soledad cercana al mar, de mucha tranquilidad y fuente de inspiración para escribir. Varias obras maestras de Francisco Suniaga, como La otra Isla y Esa gente, tienen por escenarios pueblos y playas de esa maravillosa isla: La Asunción, El Tirano, Pampatar y Playa El Agua, que recuerde. Esos paisajes que me motivaban a seguir su huella, ahora no volveré a verlos. Margarita hoy luce como Ortiz, la de Casas Muertas.
La noche anterior su señal de cable cayó y debió soportar, en señal libre, la cháchara que profería la segunda de abordo del gobierno, con ocasión de la memoria y cuenta (os) del tren ministerial sobre la “gestión” del ejecutivo en el 2018. Se percató, entre los conatos de sueño que le inducía la perorata, que esta vociferante se abstenía —y lo confesaba sin rubor— de presentar resultado concreto alguno, cifras o índices que dieran forma a la verborrea que le servía de ansiolítico a Samuel. Ponía énfasis la susodicha en los más mentados episodios “épicos” según la narrativa chavista —más bien cómicos— que le ha tocado vivir a la revolución bonita en los tiempos del binomio Maduro-Guaidó, tales como la intentona magnicida de los “drones locos” que espantaron a las tropas en la avenida Bolívar; la tragicómica invasión por Macuto de estrafalarios y atribulados piratas del Caribe en un destartalado bote y la no menos patética sumisión en las costas de Chuao, de otro supuesto excombatiente de Vietnam al mando de un peñero ante uno o dos famélicos pescadores armados de palos, en lo que se conoció como operación “Gedeón”, que otros sarcásticamente llaman “gedionda”.
Esa narrativa “épica”, digna de la Radio Rochela, y aplaudida hasta por los alacranes en el Hemiciclo, fue la antesala a la entrega de los mamotretos empastados que nadie leerá sobre los “logros” del ejecutivo rojito en los años que precedieron a la pandemia. Este patético episodio hizo levantar a Samuel como sobresaltado; bajó a la calle a ver si el aseo había pasado por fin a recoger la basura.
En la mañana temprano, leyó en el diario electrónico español "Capital Madrid" la siguiente parodia literaria escrita por el director del blog Tiempo de Memorias, que se mofaba de los acontecimientos del último supuesto atentado "terrorista" contra el gobierno chavista:
Al parecer, unos murciélagos ponzoñosos venidos de las costas de Wuhan en China aparecieron abruptamente sobre la proa en medio del caos causando mayor pánico. Los más aterrados pasajeros estaban exhaustos de gritar "auxilio" hacia los rescatistas del barco imperial “Donald”, quienes parecían sordos a sus súplicas, pues no apartaban sus ojos de los telescopios que apuntaban desde el puente de mando hacia el oriente, como esperando la ocurrencia de algún episodio galáctico más trascendente a sus intereses.
Siendo la operación comando la única posibilidad de salvación que veían, tampoco contaban inexplicablemente con el apoyo del descaminado marinero que ficcionaba ser el capitán “Maravilla”. Este aturdía con cánticos y tontas consejas a la turba de deslumbrados por la inminencia de la muerte. Su irresoluta conducta era acompañada por arengas de unos viejos y achacosos marineros que, borrachos, alentaban desde estribor con trilladas vivas, entre las que más repetían: “este peo es nuestro peo”. Sus súbitos, llamados al rezo colectivo y el ayuno beligerante, parecían emocionar y calmar a su grupo de seguidores, que los más recalcitrantes de popa denominaban con pena “guaidolovers”.
En medio de este indescriptible maremágnum, un destartalado peñero, náufrago de algún viejo descalabro castrense, cuyos ocupantes insomnes observaban la tragedia como quien ve llover, comenzó a hacer señales hacia el Titanic. Al mando del peñero, un pirata de aspecto estrafalario con una pata de palo y cuatro famélicos pescadores logran contacto mediante señales de comunicación kinésica con uno de los más conspicuos seguidores del capitán “Maravilla”.
Este segundón, conocido como JJ, entiende que el pirata no habla español, pero logra transmitir la desesperación que los abruma. El pirata gringo les propone asaltar la nave para capturar al capitán Macondo, al que llaman usurpador, de modo que Maravilla tome el control definitivo del Titanic y pueda con sus secretas habilidades y el nivel alcanzado en Open English, evitar el hundimiento. A cambio, el pirata gringo exige como paga todas las cajas de vino que quedan en el barco.
JJ, en su desesperación, convence aviesamente a Maravilla de que ese pirata con apariencia de sobreviviente de un combate de UFC tiene destrezas con qué realizar tan temerario rescate. JJ está persuadido de su capacidad Ninja; le parece haberlo visto entrenando a Sylvester Stallone para la última película de Rambo.
Como muestra de su disposición a cumplirle la paga, le lanza unas cuantas botellas de vino. Maravilla en medio del tumulto y la confusión se sume en una depresión y se encierra en el baño de su camarote. Ante tal incertidumbre JJ se desespera, corre ensimismado a golpear la puerta del baño requiriendo a Maravilla una inmediata decisión. El silencio por respuesta abruma a JJ, quien no deja de llevarse las manos a la cabeza e implorar a los dioses.
A todas estas el pirata gringo y sus enclenques corsarios se habían bajado varias botellas del rancio vino y parecían envalentonados, ya que se mostraban retadores, blandían las botellas vacías a la vista de la tripulación del Titanic, que preparaba su artillería de fusiles AK-103 con balas de pólvora blanca y rezos a Macumba para repeler a los enemigos. Ante el perturbador silencio de Maravilla y JJ, los descachalandrados corsarios, presa de los efectos del caldo y de los deseos febriles de continuar libando el avinagrado brebaje, resuelven lanzarse cual mamertos a tomar por asalto el Titanic, portando unos oxidados mosquetes. Cuando se acercan a la quilla del barco, una inmensa ola rompe contra la popa y voltea el infame peñero que se hunde sin dejar rastro. Solo alcanza a flotar la pata de palo del pirata gringo y el pedazo de cartel o placa que identificaba la moribunda balsa, en letras muy borrosas se alcanza a leer: “Macuto”.
Samuel no veía el momento de salir de ese infierno. Los trámites del pasaporte se habían convertido en un karma que el gobierno parecía celebrar.
Un día antes de partir, Samuel se despidió de Juan, con un email que contenía un encendido discurso:
No podemos quedarnos como los músicos del Titanic, que en los estertores continuaron tocando los violines sin cuerdas o con ellas rotas, creyendo aliviar la tensión colectiva que supone tan dramática y perturbadora tragedia. Creo que hay demasiados músicos y pasajeros en ese barco, que ante la catástrofe han preferido hundirse con él. Unos porque han sido encantados por las notas sublimes que algunos inspirados violinistas alcanzaron a emitir como poseídos por una deidad. A otros, el amor y la pasión vivida, los sumió en la esquizofrenia, no ven o no sienten la inminencia del hundimiento. Muchos, pobres de espíritu, fueron como hipnotizados por las letanías del morboso capitán y parecen felices disputándole a las ratas los podridos desechos del trigo que exhalan hediondez en los cuartos de máquinas. Esos viven otra película. A otros, los perturbó el pánico ante la inmensidad de la tragedia y la oscuridad del abismo, deambulan, como en trance, en medio de sus destartalados camarotes. En pocos, las limitaciones físicas y espirituales les impidieron moverse para alcanzar un bote salvavidas y no les quedó de otra, que asirse a la popa esperando un milagro.
Conversa varias veces por Whatsapp con Luciano que vive en Argentina, pero tiene planes de cruzar el charco y emprender una nueva vida en España. Alienta a Samuel a seguir con el proyecto de probar en Buenos Aires.
4
Luciano vivió en Venezuela dos años durante el primer mandato de Chávez. Hacía un trabajo de investigación para la Universidad de Buenos Aires (UBA). Cuando se crispó el ambiente en Caracas a raíz de los acontecimientos del 11 de abril, se vino de vuelta a su país. En ese ínterin fue cuando conoció a Samuel en el Raquet. No se volvieron a ver hasta cinco años después, cuando Samuel fue a conocer Buenos Aires y aprovechó para visitarlo. Fueron a ver a Juan Martín del Potro, que por esos días hacía unas clínicas en el Buenos Aires Lawn Tennis Club. Venía de ganar el Abierto de Estados Unidos, venciendo a Roger Federer. Después mantuvieron la amistad con chateos por whatsapp, hasta que Samuel miró el exilio en Argentina como el plan B ante la imposibilidad de deponer al sátrapa. El tirano mantenía a sangre y fuego el control de la famélica población, que soportaba silenciada por las balas y el miedo que infundían los temibles escuadrones de la policía represiva, las terribles penurias que la afligían y que eran tema de foros internacionales sobre derechos humanos.
5
En el aeropuerto internacional de Maiquetía, después de pasar los controles de los funcionarios de migración, de quienes temía alguna represalia de última hora por sus constantes ataques al gobierno en Facebook, alcanzó la puerta 17. Se sentó y respiró exultante. Estaba por lograrlo: escapar definitivamente del oprobio.
Cuando anunciaron el abordaje del vuelo 047, con destino a Buenos Aires, solo pensó en aprovechar las horas en el aire para escribir la despedida a su madre.
6
Diciembre 2019
Samuel es recibido en el aeropuerto de Ezeiza por su amigo argentino Luciano. Con él había jugado tenis en el Caracas Raquet Club y al parecer surgió una especial amistad que tendría repercusiones en su peregrinación futura. Pero Luciano hace tiempo había resuelto irse a España. Estaba en los prolegómenos de un proyecto con otro chef argentino para ingresar en la cocina de un restaurante vasco en Madrid.
De todos modos, puso en contacto a Samuel con algunos amigos, para ver las perspectivas del proyecto de levantar un café en una de las calles de Palermo. También le presentó a Aldo, un empedernido jugador de tenis.
Luciano tenía sus raquetas abandonadas. Desde que ganó la izquierda en Argentina con Fernández y Cristina, le dió por pensar que no tenía futuro y que su país se iría a la mierda. Por ello, es poco el tiempo que comparte con Luciano, solo tiene cabeza para su nuevo plan y los preparativos del viaje a Madrid.
Samuel comienza las diligencias en las oficinas de migraciones de Buenos Aires para obtener el documento nacional de identificación. Son muchas las veces que debe soportar unas filas insufribles para consignar documentos nuevos que le exigen para recibir un sello que prolongue la estancia.
En medio de esas diligencias se reúne con los contactos que le dejó Luciano cuando se fue en enero. Evalúa con ellos los costos, tiempos y trámites necesarios.
También recorre el barrio de Palermo buscando un local ideal para emprender su proyecto. Juega tenis los fines de semana en Belgrano con el partner Aldo y comparte ratos en varios cafés de ese barrio. "Tolón" en Coronel Díaz con Santa Fe es el café más frecuentado con sus partner del tenis las tardes entre semana.
7
No fue nada fácil para Samuel ajustar su agenda de emprendimiento a los imponderables del escenario bonaerense. No daba pie con bola en la perturbadora economía argentina. Sus planes de corto plazo no terminaban de cuadrar en ese panorama económico asediado por la inflación, las exigencias del Fondo Monetario Internacional y las boludeces que pronunciaba un presidente peronista absolutamente descaminado. Sami no veía expectativas al proyecto de instalar un café express en alguna esquina de Palermo, que su viejo amigo Toni Seles le había sugerido.
Observaba con preocupación que los locales de cafés lucen cada vez más desolados, salvo los ya consagrados puntos de encuentro que expenden café de especialidad. Desde luego, las dificultades económicas por las que atravesaba el gobierno de Alberto Fernández y la inflación que persistía se dejaban sentir con rigor en los restaurantes y cafés, que son los mejores indicadores visuales de la estabilidad económica de una sociedad caracterizada por una exagerada propensión al menú y a la cocina de vanguardia.
Recuerda sus últimos días en Venezuela, las caminatas por Los Palos Grandes, la perturbadora escena cuando pasó frente al basurero que se había formado en una esquina y vio al hijo de un buen amigo comer desechos que botaba un restaurante. Esa infamia y la muerte de Sandra fueron el acabose.
Se paseaba por el barrio de Palermo observando perplejo que Buenos Aires es la ciudad con más cafés por calle que existe en el mundo y que difícilmente pueda mantener esa tendencia en medio de la severa crisis que padece, la cual tiende a recrudecer en virtud de las medidas económicas que deberá tomar el gobierno para acoplarse a las exigencias del Fondo Monetario Internacional.
8
Marzo 2020
Aparece en escena el Coronavirus o Covid 19. La pandemia. Comienza el capítulo del miedo. El encierro infinito. Suspende todos sus proyectos.
La cocina, la lectura, los noticieros y Netflix coparán sus días. No veía avanzar el fatídico año 2020. Todas las noticias presagiaban un largo y tortuoso período de privaciones y mascarillas.
Fueron casi dos años dando tumbos entre barbijos, jabones y sermones. Una vida de monje. La incertidumbre lo acorrala. Toques de queda y amenazas del gobierno de Fernández a los contumaces. Escándalos del gobierno por malos ejemplos. Manifestaciones en 9 de julio.
A pesar de los cuidados, Samuel contrae el virus. No se lo explica.
—Si no me quito este barbijo para nada. Hasta en mi casa se me olvida retirarlo —le comenta a su madre por Whatsapp.
—Seguramente tocaste o tomaste algo contaminado y te tocaste la boca —le responde ella.
—Sí, seguramente no me lavé bien las manos, no sé. Es muy difícil evitarlo si uno debe relacionarse constantemente, recibir paquetes, tocar alimentos y vueltos en las verdulerías.
Recuerda algún episodio simpático que vivió en plena pandemia. Fue un escape a la rutina aséptica que impuso la cuarentena. Visitó el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) en la avenida Presidente Figueroa Alcorta, se reunía allí el XI Festival Internacional de Literatura (FILBA). Era un evento con conferencias en zoom y algunas presenciales con severas restricciones de aforo y distanciamiento. Tuvo la suerte de asistir a una charla presencial que resultó muy divertida. Un panel integrado por escritores latinos, uno francés y otro marroquí deleitaron con ficciones sobre el tema "una fiesta desbordada". De los panelistas sobresale un joven argentino, Martín Sancia Kawamichi, quien recrea una fiesta personal, un hilarante sueño sobre su primer orgasmo. Muy al estilo de Hernán Casciari, este otro simpático gordito los hizo estortillar de la risa con un bullying a su primera novia durante la fiesta en que terminó con ella.
También la conversación vía zoom del escritor inglés, Irvine Welsh, autor de Trainspotting, le apartó por momentos de aquella pesadilla. Habló sobre sus más emblemáticas novelas de misterio. Concluyó su participación con una mordaz respuesta sobre qué autores le servían de inspiración. Respondió que “no esperen que les cite alguno célebre. Por el contrario, lo que me anima a escribir es tanta porquería con carátulas valiosas que a veces consigo en las mejores librerías”.
El no sospechaba que el karma de la pandemia y la crisis económica argentina lo llevarían más tarde a otro hemisferio.
9
Cuando Samuel llegó a Buenos Aires se encontró que existen disposiciones legales (La Ley 5742 del año 2016) que sancionan con arresto a los hombres que aborden mujeres en la calle valiéndose de piropos, alabanzas o miradas sugestivas, invitaciones o cualquier subterfugio para provocar un encuentro que pueda ser interpretado por ellas como acoso.
¡A buena vaina! —expresó perplejo— esta restricción es casi como el burka de los musulmanes, pero a la inversa, una especie de velo mental, no a las mujeres sino a los hombres, que sumado al tapabocas que llevan unos y otras por la pandemia, hacen prácticamente imposible relacionarse, a no ser que te vayas a un boliche (disco); pero esos sitios están cerrados o restringidos en su capacidad y los protocolos de bioseguridad son elementos que han estimulado más el miedo y el distanciamiento. Creo que solo el contacto virtual es la única opción. Hasta los sitios de trabajo mantienen aún muchas medidas de distanciamiento social y los contactos son generalmente vía zoom.
Un día de semana subió al vagón en Ministro Carranza con mucha aprensión, pero no era el covid 19 lo que más le causaba ese recelo, sino las advertencias que le habían hecho sus panas en Argentina por WhatsApp. Él es un explícito admirador de la belleza femenina, que no ahorra miradas de cordero degollado a las mujeres bonitas, ni piropos subidos de tono hacia las chicas con curvas sugestivas.
Sus temores, inoculados por los amigos que estaban en Buenos Aires, eran los conatos de acoso en que podría verse envuelto al pasarse de una simple mirada a una mirada de venezolano, que duran más de cinco segundos.
¡Qué tanto me mirás pelotudo! —era el reclamo que esperaba cada vez que alguna porteña con ascendencia europea, que suelen ser las más agraciadas físicamente, era blanco de sus libidinosas miradas—.
En esa ocasión transitaba por un pasillo que conduce de la calle Arévalo a la estación del subte. Una chica que compraba paltas (aguacates chiquitos y negros) a un vendedor ambulante dejó caer una palta que tropezó en el recorrido con los pies de Samuel y este muy atento la tomó y se la dio a la chica. Esa fue una circunstancia que aprovechó para cordializar.
Le habló de la delicia de los aguacates venezolanos. Las paltas son traídas de otros países de América, ya que no se dan en Argentina. Le habló de la "reina pepiada" que se hace con palta. La chica se mostró abierta al diálogo. Le respondió que tenía buenas referencias de la comida venezolana. En general él observaba que, si bien son esquivas con la mirada, no lo son a la conversación. Lo ha notado cuando les pregunta alguna dirección o la vía de un bus.
Pero se sentía tímido. No hablaba con una chica desde la muerte de Sandra. No se atrevió a pedirle el número a la chica, aunque la notó accesible. Se quedó mirándola alejarse.
Intentó conocer por Tinder u otra plataforma a una chica ante las dificultades para acercarse en medio de las restricciones.
Creo que no me queda otra opción que registrarme en una vaina de estas —dijo resignado—.
| Por esos días miró en Netflix la película El estafador de Tinder. Un tipo de jeque que engatusa a muchachas desatendidas y además les quita la plata. Qué ingenuas esas mujeres, creen haberse sacado la lotería —dijo con desdén—. Caen por ilusas, las deslumbra la riqueza y el lujo, porque el tipo tampoco es un galán. Además, este falso jeque es muy vivo, selecciona chicas poco agraciadas, que seguramente tienen más complejos para alcanzar su príncipe azul.
Al día siguiente contactó a Aldo, su partner del tenis, para que le recomendara una de esas aplicaciones más usuales en Buenos Aires.
Entró en Twoo y se dispuso a registrar sus datos. Miró fotos y se dijo: no creo en fotos. no dicen nada. No voy a perder mi tiempo en esto. ¡Me iré a un burdel cuando los abran! —sentenció resuelto.
A los días, conversó con Luciano. Este le cuenta que la pandemia en España hace estragos. Le comenta que anda muy mal el restaurante donde labura porque la cuarentena y las restricciones producen significativas pérdidas. Que tiene planes de irse a Ucrania, porque allá hay buen mercado para los negocios de gastronomía. Además, allí la pandemia ha sido controlada.
10
En Buenos Aires los contagios crecieron provocando pánico y zozobra. Llegan las primeras vacunas. Más escándalos. La inflación coje vuelo. Aparecen nuevas cepas más contagiosas. El Fondo Monetario Internacional exige al gobierno honrar sus acreencias. El gobierno hace aguas. Samuel también hace aguas. Sus ahorros se evaporan.
La bipolaridad del clima de Buenos Aires le parecía un suplicio. Comenzó a tejer excusas para alimentar sus deseos de abandonar ese proyecto de exilio. Las ráfagas de viento que chocaban durante la noche contra las ventanas del apartamento lo sobresaltaban e interrumpían su liviano sueño; ese fue otro argumento que acopió en respaldo a su retirada.
Aparece el hartazgo. "No más", dice una noche al borde de la desesperación. Llama a Luciano, él le dice vente, aquí hay oportunidades. ¡No lo pienses más!
Camino a Ezeiza otea el horizonte a través del parabrisas del taxi y piensa abatido que su venida a Argentina fue una gran estupidez.
11
Llueve a cántaros en Kiev. Lluvia y lágrimas acompañan la fría noche de Pascuas. Los recuerdos que relata Samuel de su drama en Venezuela y luego en Argentina, apuntalados por comentarios de Luciano que también vivió severos trances en su país y en España, sensibilizan la velada. Esa noche Lino ofrece ayudar a Samuel a entrar en Yara International. Aunque él se siente a gusto en Niccolino, no es su fuerte la preparación de platillos.
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Aparecen en escena el miedo y la ansiedad ante la confesión del Pentágono a Biden. Putin guarda silencio. Sami recibe una llamada de Yara International. Al parecer la recomendación de Lino surte efectos. Va a la entrevista y el feedback es positivo. Le dicen que comienza a trabajar en enero.
Anuncia su adiós a Niccolino. Recibe una sentida despedida de los asiduos y meseros del restaurante el 3 de enero.
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El 31 de diciembre se reúnen para despedir el año en casa de Lino. Una linda casa en la ciudad de Irpin, en las afueras de Kiev. Está nevando. Una celebración concurrida. Muchas familias y amigos. Todos muy alegres. Parecieran ignorar la suerte que les deparará el nuevo año. Allí conoce a Igor, su futuro jefe en Yara. Hubo empatía.
Despidieron el año viejo, algunos preocupados porque las intenciones de Putin de invadir Ucrania comenzaban a tener eco y el Pentágono lo había advertido al presidente Biden.
Samuel seguía por internet los análisis nocturnos que del tema hacía Jaime Bayly, el reconocido escritor y locutor peruano en quien reconocía una audacia periodística superior. Los canales ucranianos y rusos no transmitían nada en español y quedaba más confundido cuando intentaba comprender lo que decían. Eran versiones totalmente contradictorias.
Cuando, a finales de enero, se anunció por la prensa que las amenazas del Kremlin parecían inminentes, ya había logrado ingresar a la firma noruega Yara International, proveedor de soluciones para el sector agrícola en Ucrania, así como gran comprador de materias primas de Rusia. Estaba en periodo de prueba, pero se sentía a gusto con su trabajo y con el supervisor, Igor, un pibe ucraniano de padre italiano y madre argentina.
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Samuel se había ido a Argentina huyendo del oprobio de la dictadura de Maduro y de las penurias de vivir en una Venezuela arrasada por el socialismo. Un mes antes de venirse a Buenos Aires, ganó las elecciones a la presidencia el kirchnerismo que representaba Alberto Fernández y Cristina Kirchner. Ese día lloró la derrota de Macri, pero eso no lo amilanó para seguir en su proyecto de hacer vida en la patria de Messi y Maradona.
Pero la crisis económica en la que se sumió Argentina y la pandemia del Covid 19 con el distanciamiento social, arruinaron todas sus iniciativas. Dos años de miedo. Terminó por aventurarse a cruzar el charco.
Ya se veía echando raíces en esa bella capital ucraniana, pero los temores de una guerra comenzaron a atormentarlo en sus noches de soledad en el pequeño apartamento de la calle Khreshchatyk.
Sus compañeros y los partner del tenis le decían que se mantendrían resistiendo cualquier ataque de Rusia, porque Ucrania es un país de larga tradición en su lucha por mantener la independencia. Los conflictos entre Rusia y Ucrania por la autonomía de esta última datan del siglo XVIII, cuando Catalina La Grande adquirió tierras ucranianas que conservaba Polonia.
Después ha sido una obstinada resistencia al imperio soviético la de los nacionalistas ucranianos. Ese es un legado que debemos honrar —le apuntaban sus nuevos panas.
Samuel conocía muy poco la historia de Ucrania. Esta circunstancia lo hizo entrar en en un portal de la BBC de Londres y esa noche pudo saber que:
Como otras naciones vecinas, Rusia y Ucrania comparten una herencia histórica que tanto las une como las separa. Esta relación se remonta al siglo IX, cuando Kiev, hoy la capital de Ucrania, fue el corazón del primer Estado eslavo, fundado por un grupo de escandinavos conocidos como los Rus. Ese vasto Estado medieval, conocido como la Rus de Kiev, es considerado el origen tanto de Ucrania como de Rusia. Sin embargo, los historiadores señalan que, pese a este origen común, la trayectoria de los ucranianos a lo largo de los últimos nueve siglos ha sido muy distinta. Su destino ha sido moldeado por las distintas potencias que se disputaron y fragmentaron su territorio. En el siglo XX, la Revolución rusa y la creación de la Unión Soviética redefinieron el mapa ucraniano. Ucrania occidental, que había estado bajo control polaco, fue anexionada por Iósif Stalin al final de la Segunda Guerra Mundial. Crimea, por su parte, fue transferida a la República Socialista Soviética de Ucrania en la década de 1950, aunque sus lazos con Rusia se mantuvieron estrechos, simbolizados por la presencia de la base naval rusa en Sebastopol. Durante la era soviética, Ucrania fue atada a la influencia rusa de manera más férrea que nunca, y a menudo a un costo devastador. En la década de 1930, millones de ucranianos perecieron en la hambruna provocada por Stalin, el Holodomor, cuando el régimen obligó a los campesinos a incorporarse a las granjas colectivas. Para repoblar las regiones despobladas del este, Stalin promovió la migración de ciudadanos soviéticos, muchos de ellos sin vínculos con la región ni conocimiento del idioma ucraniano. Sin embargo, a pesar del dominio político y militar de Moscú, Ucrania nunca fue sometida culturalmente de manera completa. Aunque el ruso era el idioma oficial, el ucraniano seguía siendo enseñado en las escuelas primarias y se publicaban libros en ese idioma. En la segunda mitad del siglo XX, surgió un fuerte movimiento nacionalista ucraniano, impulsado por una nueva generación educada en su lengua y cultura. Con la disolución de la Unión Soviética en 1991, Ucrania proclamó su independencia, y en 1997, un tratado entre ambos países reafirmó la integridad territorial de Ucrania. Sin embargo, las divisiones históricas dentro del país quedaron profundamente arraigadas. A ambos lados del río Dniéper, los contrastes culturales son evidentes. En el oriente, los lazos con Moscú son más fuertes; la población tiende a ser ortodoxa y de habla rusa. En el occidente, tras siglos de dominio de potencias europeas como Polonia y el Imperio austrohúngaro, los habitantes son mayoritariamente católicos y más propensos a hablar ucraniano. Estas diferencias, producto de siglos de influencias diversas, han creado fallas que a menudo se sienten como abismos en el tejido social del país.
De esta lectura Samuel entendió que cada quien sueña su propio sueño: unos añoran retornar al seno de la que consideran su Madre Patria, otros anhelan transitar senderos independientes.
Entonces se vió animado a quedarse, no solo por solidaridad con los amigos ucranianos, sino además porque le parecía que su vida no soportaba otro fracaso.
Cuarenta y nueve años, no es una buena edad para intentar nuevamente, “reinventarse” cómo dice la jerga de los últimos tiempos, en esos países donde el caos es una política de vida. Países que como diría Cabrujas, "no son países, son un estacionamiento lleno de gente". Ya la aventura no podía ser una opción en el destierro.
Samuel necesitaba del afecto y la camaradería de sus nuevos amigos en medio del miedo, el intenso frío y la ansiedad e incertidumbre que provocaban las sirenas de la guerra. Una guerra que no era de él, pero la había adoptado como el último gran desafío de su vida.
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En un mundo en el que las fronteras han perdido significado y los conflictos armados resuenan en todos los rincones del planeta, dos hombres encuentran su destino en un país que nunca imaginaron defender. Samuel y Luciano, dos almas marcadas por la opresión y la resistencia, huyen de las sombras del pasado solo para enfrentarse a los horrores del presente. Mientras los ecos del chavismo y el kirchnerismo los persiguen desde Sudamérica, se ven atrapados en las garras de una invasión que transformará para siempre sus vidas.
En el crisol de Ucrania, donde los ideales de libertad y soberanía son puestos a prueba por el rugido de los tanques y el silbido de los misiles, Samuel y Luciano se embarcan en una última lucha, no solo por la tierra que los ha acogido, sino por redimirse de los fantasmas que los han seguido a lo largo de su exilio. Pero en esta guerra, donde la muerte acecha en cada esquina y el miedo es un compañero constante, las fronteras entre la valentía y el desconsuelo, entre el amor y la supervivencia, se desdibujan.
Este relato es un viaje hacia lo desconocido, hacia los límites de la resistencia humana. Es la historia de dos hombres que, aunque atrapados en el caos de una guerra lejana, siguen luchando por aquello que siempre los ha definido: la libertad, la dignidad y el anhelo de pertenecer a un lugar en el que el futuro no esté teñido de sangre.
"Cuando los imponentes tanques rusos de Putin alcanzaron las calles de Kiev el 26 de febrero, Yara International, con oficinas en la ciudad, sintió de inmediato los efectos del conflicto. No solo por tener empleados atrapados en la zona de guerra, sino porque uno de sus edificios fue golpeado directamente por un misil. Afortunadamente, no hubo víctimas entre el personal.
Esa misma noche, en el pequeño apartamento de Samuel, ubicado en la histórica calle Khreshchatyk, él y Luciano se refugiaron en la música y el vino. Óperas como Casta Diva de Norma, La Mamma morta de Andrea Chénier, y Pace pace mio Dio de La forza del destino llenaron el ambiente, envolviéndolos en una atmósfera cargada de nostalgia y dolor. Cada aria parecía resonar con los recuerdos de los últimos años, de los abismos que ambos habían recorrido.
—Cómo nos hubiese gustado tomar las armas para liberar a Venezuela del oprobio comunista, pero eso nunca fue posible. No había armas, solo impotencia —dijo Samuel, con amargura.
Ambos habían sido testigos del colapso de Venezuela bajo el chavismo y luego la incertidumbre en Argentina, cuando el kirchnerismo resurgió. Luciano había pasado por una escala frustrada en España antes de recalar junto a Samuel en Ucrania, un país que parecía prometedor, pero que de la noche a la mañana se convirtió en un campo de batalla por la ambición imperial de un invasor. A veces sentían que el oprobio los seguía, condenándolos a una huida interminable.
—Sami, mañana iremos a Járkiv. ¿Tienes miedo? —preguntó Luciano, rompiendo el silencio.
—Por supuesto que sí. Tal vez moriremos antes de siquiera disparar un tiro. Ellos tienen experiencia, artillería pesada, y nosotros... apenas unas horas de entrenamiento.
—¿Hace cuánto fue la última vez que disparaste un fusil?
—Veinte años, en un polígono de Caracas. ¿Y tú?
—En la Guerra de las Malvinas, aunque nunca me enviaron al frente. Era demasiado joven. Pero esa fue una guerra diferente, una iniciada por un dictador. Esto es una invasión. Esto es distinto.
—Entonces, ¿crees que disparas bien?
—Lo sabré mañana. Según el correo, nos darán dos horas de entrenamiento antes de entregarnos los kalashnikov.
—Estaremos allí antes de las seis.
Siguieron bebiendo, y Luciano encendió un puro cubano. Ambos querían mantener la valentía, aunque el miedo latente les rondaba. Era un miedo sutil, inefable, más allá de las bombas y los tiros. Miedo a lo que no podían nombrar.
La voz de María Callas en La Mamma morta invadió el cuarto, sumiéndolos en un trance emocional. Samuel dejó escapar unas lágrimas mientras Luciano, sin decir nada, deslizó su mano por el brazo de su amigo. Se miraron fijamente, y sin pensar, Luciano lo besó. Samuel se sorprendió, pero no se resistió.
—Seguramente fue el miedo a lo que nos espera mañana... —pensó Samuel, buscando una explicación a lo que acababa de ocurrir. Todo le parecía irreal, como si ya estuvieran viviendo en una especie de despedida anticipada.
Bebieron más vino, compartieron el puro y, por un momento, las palabras sobraron.
—Es mejor que vayamos a dormir, hay que madrugar —dijo Samuel, con la voz apagada.
Capítulo 16: La víspera de Járkiv
El amanecer llegó sin que Samuel ni Luciano hubiesen dormido. El vino y la música se habían agotado, pero el eco de las arias seguía flotando en el aire, como si María Callas aún cantara entre las sombras de aquel apartamento de la calle Khreshchatyk.
El episodio de la noche anterior no fue mencionado por ninguno de los dos. Bastó con mirarse, intercambiar un gesto cómplice y saber que el silencio era su única forma de comprensión. Afuera, Kiev despertaba entre sirenas y columnas de humo, como una vieja ópera que volvía a empezar cada día.
Luciano preparó café en una hornilla improvisada. Samuel, con las manos temblorosas, revisó su teléfono: nuevos bombardeos en las afueras, muertos en Irpín, tanques acercándose al Dniéper. En el grupo de voluntarios se confirmaba la orden: partirían hacia Járkiv antes del mediodía.
—Dicen que el frente está roto —murmuró Luciano, sin apartar la vista del café que hervía.
—Siempre lo está, en todas las guerras —respondió Samuel—. Lo que importa es no romperse uno mismo.
Ambos se vistieron con ropa de campaña y chalecos prestados. Antes de salir, Luciano encendió un cigarro y se asomó al balcón. Desde allí se veía la Plaza Maidán vacía, cubierta de nieve sucia, con una estatua que aún conservaba los rastros de metralla.
Pensó en Buenos Aires, en los inviernos del Río de la Plata, y en los bares donde hablaba de revoluciones que nunca llegaron. Pensó también en Samuel, en la fragilidad de su voz cuando mencionaba a Caracas, y en esa extraña lealtad que solo nace del exilio: la de dos hombres que se acompañan porque el mundo los ha dejado sin lugar.
A las seis, se reunieron con el convoy. Los ucranianos los miraban con mezcla de curiosidad y gratitud: aquellos dos extranjeros de acento hispano, que hablaban de Bolívar y de Gardel, venían a morir con ellos.
Les entregaron los kalashnikov, dos cascos, una manta. Nadie les pidió documentos; en la guerra, la identidad se reduce al rostro y al pulso.
El entrenamiento apenas duro 40 minutos.
Durante el trayecto, Samuel observaba el paisaje devastado: aldeas calcinadas, carreteras repletas de vehículos destruidos, perros vagando entre los restos.
El conductor del camión, un muchacho de veinte años, tarareaba una melodía popular. A veces el canto se mezclaba con el estruendo lejano de los obuses, y todo adquiría una belleza insoportable, como si la muerte tuviera su propia partitura.
En un momento, Luciano apoyó su mano sobre la rodilla de Samuel. Fue un gesto breve, casi imperceptible, pero suficiente para contener el miedo.
—Si muero primero —dijo Samuel, sin mirarlo—, quiero que me recuerdes riendo, no llorando.
Luciano asintió, con una sonrisa fatigada.
—Y si muero yo, prométeme que escribirás algo. No sobre mí, sino sobre esto... —hizo un gesto amplio, señalando el horizonte gris—. Para que alguien sepa que, incluso aquí, hubo sentimiento.
El convoy se detuvo en las afueras de Járkiv. Los soldados cavaban trincheras en la nieve. Una mujer repartía pan y té caliente. El cielo retumbaba.
Samuel pensó en lo absurdo de todo aquello: dos hombres latinoamericanos, voluntarios en una guerra ajena, empuñando fusiles prestados contra un enemigo invisible.
Por un instante, creyó escuchar de nuevo la voz de María Callas —Pace, pace mio Dio...— y comprendió que, quizá, el episodio de la noche anterior había sido su forma de orar.
Al caer la tarde, el primer bombardeo los obligó a refugiarse en un edificio derruido. Samuel alcanzó a ver a Luciano encender un cigarro entre los escombros. Sonrió.
La guerra no había comenzado aún para ellos, pero la despedida ya estaba escrita en el aire.
Capítulo 17 : Járkiv, la última aria
El amanecer sobre Járkiv parecía una llamarada congelada.
El cielo tenía un tono metálico, como si lo hubieran pintado con restos de metralla. Samuel y Luciano despertaron en un sótano improvisado, junto a una docena de milicianos que dormían con el fusil entre las piernas. Afuera, el estruendo era constante, una respiración monstruosa que venía del este.
Luciano fue el primero en levantarse. Se frotó el rostro con nieve derretida y encendió un cigarro. Samuel lo observaba en silencio. En ese instante, comprendió que su amigo argentino tenía coraje, que quería morir con las botas puestas, lo que él no sentía, le importaba menos la gloria. Samuel, un gran soñador, imaginaba una puesta en escena. De verdad, lo aterraba la guerra. Disimulaba muy bien el pavor que le deparaba cada bala que le silvaba cerca.
A las siete, un oficial ucraniano irrumpió gritando órdenes. Había que moverse, reagruparse en una escuela abandonada a dos kilómetros. Los rusos avanzaban con tanques y artillería pesada.
Luciano ajustó el chaleco de Samuel y este en retribución le puso el casco.
—Si nos perdemos, nos encontramos en la ópera —bromeó, con una sonrisa débil.
Samuel no entendió al principio, pero luego asintió: en su mente, La Mamma morta sonaba como un presagio.
El grupo avanzó por las calles cubiertas de polvo. Cada esquina olía a pólvora y miedo.
A lo lejos, una columna de humo se alzaba donde antes había casas, tiendas, árboles. El invierno parecía una prolongación del infierno.
Cerca del mediodía los alcanzó un bombardeo.
El ruido fue tan brutal que el suelo se abrió como una boca. Samuel cayó al suelo, aturdido, con los oídos zumbando. Vio cuerpos en el aire, ladrillos, un trozo de ventana girando como una hoja.
Buscó a Luciano. Lo encontró a pocos metros, inmóvil, cubierto de polvo y sangre. Corrió hacia él.
—¡Luciano! ¡Luciano! —gritaba, sacudiéndolo.
El argentino abrió los ojos con dificultad. Tosió, sonrió apenas.
—Te dije... que esto era distinto —susurró.
Samuel apretó su mano. Sentía que el mundo se desmoronaba alrededor.
—No te duermas. Te sacaré de aquí.
—No... déjalo. No quiero morir en un hospital. Quiero oírla... —balbuceó.
—¿A quién?
—A Callas...
Samuel entendió. Sacó su teléfono, que milagrosamente aún funcionaba, y buscó la grabación de La Mamma morta.
El aria comenzó a sonar entre las ruinas, desafiando el estruendo de la artillería. La voz de la diva se elevó pura, imposible, sobre la destrucción.
Luciano la escuchaba con los ojos cerrados, como si la música lo abrazara.
Samuel lo sostuvo hasta que la respiración se apagó.
No hubo lágrimas. Solo el silencio posterior, el mismo que queda tras el último acorde.
Cuando los soldados ucranianos lo hallaron horas después, Samuel aún tenía el teléfono en la mano. Había colocado el cuerpo de Luciano cubierto con una manta, y sobre su pecho, un cigarro apagado.
—Era mi compañero —dijo simplemente, sin explicar más.
Esa noche, desde la escuela convertida en cuartel, escribió unas líneas en su cuaderno:
“Murió escuchando a Callas.
No hubo patria ni bandera que lo reclamara.
Pero hubo belleza, y eso bastó.”
El fuego seguía iluminando el horizonte. Samuel miró el cielo y pensó que la voz de María Callas no pertenecía a la tierra, sino a los que se van.
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