Los inviernos de Emilio
Prólogo
Este libro no nació de un impulso repentino, sino de una necesidad que fue creciendo con el tiempo: la de nombrar el silencio, de dar forma al desarraigo, de entender la vejez cuando esta llega acompañada de pérdidas, migración y soledad. Los inviernos de Emilio es una novela íntima, escrita desde las fronteras de la memoria y del cuerpo, en el exilio, donde los días parecen pesar más, y los afectos —lejanos o rotos— se sienten más intensos.
Emilio no es un símbolo, pero encarna muchas realidades: la del hombre desplazado por circunstancias políticas, la del padre que ama con torpeza, la del escritor que resiste al olvido escribiendo. Su historia se mueve entre dos geografías —Venezuela y Canadá—, entre dos tiempos —el pasado que no termina de irse y un presente que no termina de llegar—, entre el amor y el miedo, entre la esperanza y la renuncia.
Este relato es también una carta a quienes han debido recomenzar después de los cincuenta, a quienes se sienten invisibles en sociedades que adoran la juventud, a quienes han perdido su país y, con él, parte de su identidad. No hay aquí grandes gestas, pero sí pequeños actos de valentía: acompañar a una mujer frágil, estudiar una nueva lengua, presentarse a una entrevista migratoria con el corazón en la boca, escribir.
Ojalá Los inviernos de Emilio sea también un espacio de abrigo para quienes aún están atravesando los suyos.
Ivanna Méndez Martínez
Capítulo 1: La maleta del asilo
Emilio bajó del avión como quien se baja de un barco en plena tormenta. El cielo de Montréal estaba encapotado, y el viento que se colaba por los resquicios de la manga del aeropuerto parecía querer empujarlo de regreso. Tenía frío, aunque todavía no era invierno. Octubre podía ser cruel para un hombre acostumbrado al trópico y, más aún, para uno que llegaba con los huesos cansados y el alma doblada por los fracasos.
En la fila de migración le temblaban las manos. No por el trámite —ya sus hijos habían hecho lo necesario para recibirlo como solicitante de asilo—, sino por ese miedo antiguo que le nacía en los huesos cada vez que debía depender de otros. Él, que había dirigido oficinas, que había tenido chofer, que había manejado bancos en una Venezuela que ya no existía, ahora mostraba un pasaporte vencido, una carta de su abogado de inmigración, y una maleta con olor a encierro.
La maleta era pequeña. Ruedas flojas. Cierre terco. Adentro, ropa para tres estaciones, un par de libros (El pasajero de Truman, de Francisco Suniaga y otro suyo, Contuso y confeso, impreso en una editorial digital que nunca le pagó regalías), un rosario de su madre muerta y una carpeta azul con los documentos que probaban que en su país lo querían silenciar. Una carta de despido con acusaciones falsas, un pantallazo de sus tuits contra el régimen, una citación judicial que nunca respondió. La persecución era real, pero lo que más le dolía no era el miedo al retorno, sino saber que no había a dónde volver.
En el salón de espera del aeropuerto Trudeau, lo aguardaban sus dos hijos. La mayor, Emily, sostenía un cartel con su nombre como si esperara a un turista. El otro, Milan, apenas lo saludó con un gesto cansado. Los abrazos fueron breves, medidos. “Papá, ¿trajiste abrigo?”, preguntó Emily. “Sí, claro”, mintió Emilio. No quería que lo vieran como una carga desde el primer minuto.
El trayecto en auto hacia el albergue fue silencioso. Le explicaron que estaría allí solo unas semanas, mientras conseguía un pequeño apartamento subsidiado. Emilio asintió sin entusiasmo. Miraba por la ventana los árboles rojizos, los techos de las casas, los nombres en francés que no podía pronunciar. La ciudad parecía hermosa, sí, pero extraña, como una postal a la que alguien más pertenece.
Al llegar, subió dos pisos sin ascensor. La habitación era estrecha, pero limpia. Una cama individual, una mesa con lámpara, una pequeña nevera. Sus hijos se despidieron con rapidez. “Nos vemos el sábado, papá. Te escribimos por WhatsApp”. Clic. Puerta cerrada.
Esa noche, Emilio desempacó en silencio. Colocó el rosario sobre la mesa. Abrió el libro de Suniaga como quien busca un viejo amigo. Se recostó sin quitarse los zapatos. Afuera, lloviznaba. Adentro, el reloj digital del microondas marcaba las 20:04.
Cerró los ojos. No era Caracas, ni Buenos Aires. No era nada conocido. Era el inicio de otra etapa. El asilo no solo era un trámite: era un último intento de pertenecer a algún lugar antes de volverse invisible.
Capítulo 2: El monoambiente de la derrota
En Buenos Aires, el monoambiente estaba en un edificio viejo de Almagro. Cuatro pisos sin ascensor, humedad en las paredes y una ventana que daba a un contrafrente sin cielo. Pero era suyo. Su pequeño refugio en una ciudad que lo sedujo desde el primer día, con sus cafés, sus plazas arboladas, su aire de nostalgia europea y su gente que hablaba fuerte, pero con corazón.
Allí vivió catorce meses. Trabajó cada uno de esos días manejando un auto que debía cada día más por efecto del diferencial cambiario, en una aplicación que lo maltrataba con algoritmos, tarifas injustas y usuarios ingratos. Aprendió a moverse por Palermo, por Once, por la Boca. A evitar zonas peligrosas, a responder con cortesía los “¿de qué parte de Venezuela sos?”. Las noches eran lo peor: con el cuerpo entumecido, las piernas hinchadas, los brazos adoloridos. Dormía mal. Soñaba con accidentes, con robos, con quedarse dormido en un semáforo.
Cada mes hacía malabares para pagar el alquiler, las expensas, el seguro del auto, los gastos de mantenimiento. No quedaba nada para ahorrar. El peso se licuaba día a día. No había colchón posible. Ni siquiera un mate de cortesía en la despensa de la esquina. A veces compraba medialunas de saldo en la panadería de la cuadra. Se decía que era “probar la cultura local”, pero en realidad era hambre.
Una noche, después de una jornada de catorce horas al volante, se quedó dormido frente al televisor. Al despertar, sintió que no podía mover el cuello. El dolor lo inmovilizó dos días. Nadie llamó. Nadie supo. Fue entonces cuando miró al techo, ese techo amarillento por la humedad, y dijo en voz baja: “no puedo más”.
Pensó en Canadá. Tenía dos hijos allá, y aunque la relación tampoco era de película, sabía que al menos lo ayudarían a gestionar algo. Recordó que Canadá protegía a los ancianos, a los refugiados, a los que huían de dictaduras. Recordó que allá no se pasaba frío en los hospitales, que había cursos gratuitos para aprender el idioma, que el asilo era posible si uno tenía cómo probar el miedo.
Vendió lo poco que tenía: el microondas, la bicicleta que no usaba, algunos libros. Regaló su vieja radio a un vecino boliviano que a veces le compartía sopa de maní. Le dijo adiós al portero con un apretón de manos y subió al avión con la espalda dolida y la esperanza en coma inducido.
Desde el cielo vio Buenos Aires como un rompecabezas. Pensó en sus calles, en los mates que nunca compartió con nadie, en las noches en que escribía relatos para una audiencia invisible. “Te amo, pero no me alcanzas”, le susurró en silencio. Cerró los ojos. Montréal lo esperaba con sus calles frías, sus reglas nuevas, y la promesa de que, al menos, esta vez no moriría manejando.
Capítulo 3: Francisation
A Emilio le costó encontrar el aula. El Centro de Formación para Inmigrantes estaba en un edificio gris del este de Montréal, con carteles en francés que no comprendía y una recepción donde la recepcionista, amable pero apurada, le indicó la puerta equivocada dos veces. A las 8:12 de la mañana, con la bufanda mal puesta y los guantes apretados en una mano, entró a la clase de Francisation para adultos mayores.
Eran diez. Cinco africanos, dos ucranianas, un chileno y una mujer iraní que no dejaba de tomar notas con lápiz en una libreta de Hello Kitty. Él era el mayor. El único con cabello blanco y ojeras que parecían tatuadas.
—Bonjour. Je m’appelle Nadine —dijo la profesora, con una sonrisa amplia y dicción perfecta—. Et vous?
Emilio dudó. Tartamudeó algo parecido a Emilió, con la “o” cerrada como una afrenta al idioma. Nadine lo corrigió con dulzura, pero él ya había enrojecido.
Las primeras lecciones eran simples: los días de la semana, los saludos, las partes del cuerpo. Pero su cabeza era un revoltijo de ideas que chocaban: ¿cómo se decía “próstata inflamada”? ¿Y “me duele la espalda”? ¿Y cómo explicaría que tenía una historia médica en Venezuela pero que el hospital fue saqueado y que nadie sabe dónde están sus expedientes?
Durante los recreos, se sentaba aparte. No por orgullo, sino por pudor. Nadie hablaba español. Y su inglés era igual de inexistente. Escuchaba sin entender, se reía cuando los otros lo hacían. Se sentía como un infiltrado en un club secreto.
Pero había algo que le gustaba. El olor del aula. A marcador, a café tibio, a libros nuevos. Le recordaba sus años de universidad, cuando creía que el mundo podía conquistarse desde una buena argumentación.
A veces escribía frases en los márgenes del cuaderno: “Je suis écrivain.” “J’aime le tennis.” “Je suis vieux, mais je veux apprendre.” Las copiaba cien veces. Como un rezo. Como si con cada línea pudiera convencer al idioma de que lo aceptara.
Nadine, al final de la clase, le dijo:
—Vous avez un accent charmant, Emilio.
Y aunque no entendió del todo, le devolvió una sonrisa. El aprendizaje, pensó, es otra forma de esperanza.
Capítulo 4: Los tigritos en negro
Montreal es una ciudad ordenada, limpia, a veces demasiado. Todo parece diseñado para que no te salgas del carril, para que el que se desvía no se note… o no sobreviva. Pero Emilio venía de otro lugar. Uno donde aprender a resolver era más importante que aprender a obedecer.
Por eso, cuando supo que la ayuda estatal apenas alcanzaba para el mercado del mes y la tarjeta de transporte, supo también que necesitaba un “plus”. Un tigrito, como decían en Caracas. Un rebusque. Algo en negro.
Al principio fue cuidar el perro de una vecina de Emily mientras ella viajaba a Toronto por trabajo. Le pagaron 60 dólares por tres días y le dejaron la nevera llena. El perro, un bulldog llamado Henri, roncaba más que él. Después le salió otro encargo: ayudar a un viejo colombiano a limpiar el sótano, luego acompañar a una señora haitiana al hospital. Tareas pequeñas, pero que sumaban. No pedía nada. Sólo lo que le ofrecieran. Y siempre en efectivo. Porque no quería comprometer su estatus. Porque aún esperaba esa carta mágica de Migración Canadá que dijera: asilo aprobado.
Emily lo sabía. No lo aprobaba, pero no decía nada. A veces le dejaba comida en el congelador: sopas, guisos, panquecas. O le compraba guantes térmicos sin preguntar si los necesitaba. Milán era más seco, más ausente. Lo veía los domingos, cuando lo invitaban a almorzar en su casa de Laval. Su nuera lo trataba con educación, pero con ese aire de hospitalidad obligada. No hablaban de plata. No hablaban de futuro.
—Papá, tú estás mejor aquí que en Buenos Aires —le dijo Milán una vez, mientras le servía más vino.
—Eso no lo discuto. Pero allá tenía con qué pagar el café. Aquí no tengo con quién tomarlo.
La frase quedó flotando. Silencio. Sonrisas tensas. Cambio de tema.
Emilio sabía que estaba de paso, incluso si el asilo llegaba. Que era un huésped invisible, un pariente incómodo al que se ayuda por deber. No se lo reprochaba. Sólo lo anotaba en su libreta, como un dato más del exilio.
Los tigritos en negro le daban dignidad. Le permitían regalarle una bufanda a Emily en Navidad, pagarle el transporte a un compañero de clase cuando no tenía, comprarse una raqueta usada con la ilusión de volver a jugar un partido antes de que el invierno se tragara las canchas.
Un día, una mujer peruana del centro de francisation le preguntó:
—¿Usted no tiene miedo que lo agarren?
Y Emilio, con una sonrisa llena de ironía venezolana, respondió:
—Yo tengo miedo de no tener con qué comprar pan. Lo otro ya lo viví en dictadura.
Y así siguió. A paso lento, con sus manos curtidas por el frío, su acento que resistía la francisation y su libreta llena de frases robadas al futuro.
Capítulo 5: El escritor sin premios
La luz de la mañana entraba tímida por la ventana del pequeño estudio que Emilio alquilaba en Côte-des-Neiges. Era un cuarto austero: una mesa, una lámpara de escritorio, una silla que crujía con cada movimiento y, sobre todo, su computadora. Su vieja compañera de batallas. Su remington digital.
Desde que llegó a Canadá, escribir se había vuelto más que una vocación: era una necesidad. Una forma de no diluirse. Una forma de gritar, aunque nadie escuchara. O peor, aunque nadie leyera.
Tenía varios libros en Amazon Kindle. Autopublicados. Casi todos relatos sobre Venezuela, sobre la pérdida, el exilio, las dictaduras. Textos duros, intensos, con ecos de Francisco Suniaga, su faro literario. Pero no habían vendido más que unas pocas copias. Un primo en Chile, dos excompañeros de banco, una mujer colombiana que lo seguía por Facebook y le había escrito un mensaje: “Me hizo llorar ese cuento del hombre que entierra a su madre en soledad.”
Aquella frase fue su premio. No necesitaba jurados. Sólo esa conexión invisible que se forma entre el que escribe y el que lee. Le bastaba para seguir.
No tenía agente literario. No iba a ferias del libro. Su promoción era una red de amigos virtuales y algún tuit que, con suerte, alguien compartía. Pero se sentía escritor. No como título, sino como convicción. Escribir lo mantenía vivo, incluso cuando el cuerpo se rendía.
Un viernes, después de la clase de francisation, una joven salvadoreña del grupo, Mónica, se le acercó.
—¿Usted es el que escribe cuentos?
—Bueno… intento.
—Yo leí uno suyo. El del viejito que vende su casa y se va del país. Me lo mandó mi tía en Vancouver. Me dio tristeza.
—¿Tristeza buena o tristeza mala?
—De esa que se queda contigo.
Esa noche Emilio volvió a su cuarto con una sonrisa. Abrió el archivo de su próxima novela, la que venía gestando desde Buenos Aires y que reescribía ahora con los inviernos de Montréal como telón de fondo. La historia de un hombre viejo, solitario, que huye de una dictadura y encuentra en la nieve una nueva forma de silencio.
Se sirvió un café recalentado y escribió sin parar durante tres horas. Sabía que no ganaría premios. Sabía que no le darían becas ni lo invitarían a la radio. Pero también sabía que ese personaje —él mismo, disfrazado— tenía algo que decir.
Y eso, para un exiliado, ya era mucho.
Capítulo 6: Un martes cualquiera
La alarma sonó a las 6:45 a.m., aunque Emilio ya estaba despierto desde las seis. A esa hora, el silencio de Côte-des-Neiges era espeso, como si la ciudad no tuviera urgencias. Pero Emilio sí: debía salir temprano si quería llegar puntual al centro comunitario donde le pagarían 30 dólares por ayudar a mover unas cajas con libros donados.
Se vistió lento. No por pereza, sino porque el cuerpo le exigía pausa: la rodilla derecha no flexionaba como antes, el hombro izquierdo crujía, y ponerse los calcetines era un acto casi circense. Afuera, el frío picaba: aún no era invierno total, pero noviembre no tenía clemencia.
Tomó la mochila donde llevaba un termo de café, un sándwich de atún y un libro de cuentos que nadie más leería. Bajó los tres pisos sin ascensor, saludó al conserje filipino —“Bonjour, Mr. Emilio”— y caminó hasta la parada de bus con su paso lento y rítmico. El bus llegó puntual, como todo en Canadá.
Dentro del centro, las cajas eran pesadas, pero el coordinador, un chico haitiano de veinticinco años, le ofreció guantes y una sonrisa.
—Tómelo con calma, monsieur. No hay apuro.
Lo trataron bien. Le dieron café, le ofrecieron descanso, y una mujer argelina que también colaboraba le contó que estaba preparando su examen de ciudadanía.
—¿Y usted? —le preguntó.
—Yo estoy esperando... todavía soy nada.
La frase le sonó cruda, pero cierta.
Al salir del centro, decidió caminar un poco por el bulevar Décarie. Le gustaba mirar las vitrinas, aunque no pudiera comprar nada. Pasó frente a una tienda de instrumentos y se detuvo ante un violonchelo antiguo en exhibición. Pensó en su madre, que adoraba la música clásica. Pensó en Rosa, la que cuidó en Caracas hasta el final. Pensó, como tantas veces, en lo que ya no estaba.
En una esquina, un joven le pidió fuego. Emilio no fumaba, pero le ofreció una sonrisa.
—Gracias igual, mon oncle —le dijo el muchacho antes de cruzar.
Ese “mon oncle” lo hizo sentir parte de algo, aunque fuera por segundos.
Regresó a casa al atardecer. Calentó la sopa que Emily le había dejado dos días antes, se quitó las botas y encendió su computadora. No escribió nada. No leyó. Sólo se quedó viendo por la ventana cómo caía la noche sobre los techos de Montréal.
Un martes cualquiera. Uno más. Uno menos.
Capítulo 7: La nevera vacía
El zumbido de la calefacción lo arrullaba. Afuera, la nieve cubría el patio trasero como una sábana que no se puede sacudir. Emilio se quedó inmóvil en el sofá, abrazado a una manta escocesa que le había regalado Emily en su primer invierno. Cerró los ojos un instante y el recuerdo le volvió con la claridad de una bofetada.
Era 2017. Caracas hervía de calor y desesperanza. Vivía con su madre en un apartamento que había conocido mejores tiempos, en la avenida principal de Los Chaguaramos. Esa tarde, Rosa se había acostado sin comer, inventando un dolor de estómago. Él lo sabía: no había querido decirle que la nevera estaba vacía, que no quedaba ni un huevo ni un litro de leche. Solo agua y un mango a medio pudrir.
Emilio había salido con la tarjeta de débito a probar suerte. Caminó más de treinta cuadras bajo el sol inclemente, entrando en bodegas, panaderías y abastos donde la respuesta era siempre la misma: “No hay”, “No ha llegado”, “No se aceptan tarjetas”. Finalmente, en una panadería de Sabana Grande, un viejo conocido le vendió, casi como un favor, un pan campesino duro y una bolsita de café instantáneo vencido.
Cuando volvió a casa, encontró a Rosa despierta, mirando un punto fijo de la pared. Murmuraba algo ininteligible, quizás un pasaje bíblico, quizás solo palabras sin destino. Le ofreció un trozo de pan. Ella lo tomó como si fuera un banquete.
—Mañana será mejor —le dijo Emilio, sin creerlo.
Pero mañana nunca fue mejor.
Se quedó sin gas, luego sin agua, luego sin paciencia. Una noche, en medio de un apagón, Rosa lo miró desde la penumbra y le dijo con voz lúcida:
—Vete. No te vas a salvar aquí.
Fue su bendición y su condena.
En Montréal, cada vez que abre la nevera —siempre modesta, pero jamás vacía—, Emilio recuerda esa escena como un tatuaje en el pecho. A veces, al ver el pan integral que compra en oferta, se le hace un nudo en la garganta. No por nostalgia, sino por la brutal diferencia. Por esa línea invisible que separa la miseria de la dignidad.
Y por Rosa, que no vivió para verlo escapar.
Capítulo 8: Lo que no se dice
Era sábado por la tarde y el cielo de Montréal parecía más limpio de lo habitual. Emilio había preparado café fuerte, como le gustaba, y esperaba a Milán. Habían acordado verse en su pequeño apartamento para “ponerse al día”, aunque en realidad no había muchas novedades.
Milán llegó puntual, con su chaqueta negra y su andar de hombre ocupado. Traía una bolsa con pan de ajo y dos empanadas congeladas de una tienda venezolana del este de la ciudad.
—Para que no digas que te tengo olvidado, viejo —dijo al entrar, con esa mezcla de ternura y distancia que Emilio empezaba a conocer demasiado bien.
Se sentaron a la mesa. Hablaron primero de trivialidades: del frío que se avecinaba, del curso de francisation, del alza en los pasajes del STM. Milán revisaba el teléfono cada tanto, no por desinterés, sino por costumbre. Emilio lo entendía: la vida de su hijo era otra, lejana, acelerada, distinta.
—¿Y el trabajo? —preguntó Emilio.
—Agotador, como siempre. Pero bien. Me asignaron un nuevo proyecto en Laval. Y Emily también está a mil.
—No me quejo —dijo Emilio, fingiendo una sonrisa—. Por lo menos tengo calefacción y pan.
Hubo un silencio. Milán bajó la mirada y jugó con una servilleta.
—¿Te has sentido muy solo, papá?
Emilio tardó en responder.
—Uno siempre está solo, Milán. Estar acompañado es un privilegio que a veces se da, a veces no. Uno se acostumbra.
—Yo sé que no hemos estado muy presentes, pero…
—No tienes que justificarte. Ustedes hacen su vida, como debe ser. Yo solo quiero tener un sitio donde no estorbar.
Milán apretó los labios. Quiso decir algo, pero no lo hizo. Emilio lo notó, pero no insistió. Sabía que entre padres e hijos hay cosas que nunca se dicen, y que a veces el amor es eso: una visita corta, un paquete de empanadas, un silencio compartido sin rencor.
Antes de irse, Milán lo abrazó con fuerza.
—Estoy orgulloso de ti, papá.
—Yo también de ti, hijo.
Cuando se fue, Emilio se quedó mirando la puerta cerrada. Sintió que, aunque breve, algo había sanado. Luego sirvió otro café y puso a sonar en su computadora una vieja canción de Soledad Bravo.
Porque así como hay cosas que no se dicen, también hay melodías que lo dicen todo.
Capítulo 9: La carta equivocada
Todo comenzó con un sobre blanco, sin remitente, en el buzón comunitario del edificio. Emilio lo encontró una mañana de marzo, justo cuando la nieve empezaba a derretirse en los bordes de las aceras. Estaba dirigido a él, nombre y apellido exactos, pero el papel dentro hablaba de otra historia.
La carta, escrita en francés, lo confundió desde el primer párrafo. Reconoció algunas palabras —“audition”, “refus”, “décision finale”— y algo en su estómago se contrajo. Pensó lo peor: ¿me negaron el asilo?
Corrió al apartamento, cerró la puerta y llamó a Emily. Le leyó con torpeza el contenido, mientras ella, del otro lado del teléfono, le pedía que no se angustiara.
—Papá, espera… eso no es tuyo. Esa carta habla de una mujer. Mira bien: dice “Madame Veronique L.”. Es un error. Te la dejaron por equivocación.
Emilio se desplomó en la silla. Una mezcla de alivio y rabia lo recorrió como una corriente eléctrica.
—¡Cómo pueden jugar así con el corazón de uno! —exclamó—. Me sentí deportado sin haber leído completo el primer párrafo.
Emily rió, aunque con nerviosismo.
—Devuélvela, papá. Llévala a la oficina de la administración del edificio. No la abras más.
—Ya la abrí, hija. Con los nervios ni vi que no era para mí.
Emilio colgó, todavía tembloroso. Se puso el abrigo y bajó las escaleras hasta la planta baja. La señora Ghislaine, encargada del edificio, lo recibió con su sonrisa cansada y una taza de té.
—Merci, monsieur Figueroa. Ça arrive souvent. On va corriger ça.
Emilio solo entendió “merci” y “corriger”, lo cual le bastó. Caminó de vuelta a su apartamento y, por primera vez en semanas, se rió solo, con una carcajada corta y limpia.
Esa noche escribió un relato breve con título provisional: “Una carta de hielo”. Lo subió a su blog y recibió varios comentarios de sus viejos contactos de Caracas, Buenos Aires y Toronto. Uno de ellos le puso:
“Solo tú puedes hacer literatura de una confusión administrativa”.
Y Emilio pensó que tal vez, solo tal vez, su vida todavía tenía margen para lo inesperado… y para los finales que no son tan malos como uno teme.
Capítulo 16: "Mejor, el silencio"
Después del paseo por Mont Royal, Layla y Emilio comenzaron a verse con más frecuencia. No todos los días, pero sí con una regularidad que hablaba de necesidad. A veces era una llamada corta. Otras, una sopa compartida en su cocina pequeña. Ninguno de los dos hablaba de lo que estaban construyendo, pero se sostenían mutuamente en medio del invierno como dos columnas gastadas pero firmes.
Una noche de marzo, la nieve empezaba a derretirse y el viento traía olores distintos, como si la ciudad presintiera la llegada de la primavera. Emilio recibió un mensaje corto:
“Viens chez moi ce soir. J’ai préparé quelque chose de spécial.”
Fue sin pensarlo. Llevaba una flor seca dentro de su cuaderno, la había recogido meses atrás en el jardín botánico y la había guardado sin razón. Esa noche la llevó como quien entrega un secreto.
Layla lo recibió con una blusa azul, el cabello suelto y una fragancia tenue que no había usado antes. Había preparado un tajine de cordero con albaricoques, como los que su madre cocinaba en Constantina.
—Ce plat… c’est mon enfance —dijo, sirviendo con cuidado.
Comieron en silencio, con la música baja. Ella lo observaba con una mezcla de ternura y algo más complejo, una nostalgia contenida que Emilio no terminaba de descifrar.
Después, se sentaron en el sofá, uno al lado del otro, sin tocarse. Layla encendió una vela y apagó la lámpara. Emilio le entregó la flor seca.
—Je ne sais pas pourquoi je l’ai gardée… peut-être pour toi.
Layla la tomó como si recibiera algo frágil y valioso. La acercó a su rostro. Cerró los ojos.
—C’est très beau… et triste —susurró.
Y entonces, sin anunciarlo, apoyó su cabeza en el pecho de Emilio. Él la rodeó con cuidado, como si abrazara a un pájaro herido. Permanecieron así, largo rato, respirando al mismo ritmo. No hubo beso. No hizo falta. Algo se selló entre ellos con la delicadeza de los amores callados.
Antes de irse, Emilio quiso preguntarle si sentía lo mismo. Si aquello que los unía tenía nombre. Pero no se atrevió. A veces, las palabras pueden romper lo que el silencio construye con tanta paciencia.
Se despidieron con un gesto leve. Ella no cerró la puerta de inmediato.
Él bajó las escaleras con el corazón agitado, como si hubiera vivido algo que solo pasa una vez.
Capítulo 17: Flores en el abismo
La carta llegó un jueves nublado, sin anuncio. Emilio la encontró al volver del supermercado, entre la propaganda de clínicas dentales y ofertas de internet. Un sobre oficial, con el membrete de Immigration, Réfugiés et Citoyenneté Canada. Sus manos temblaron al abrirlo.
La cita era en quince días. Una entrevista final para su solicitud de asilo.
Sintió que se le aflojaban las rodillas.
No era miedo, exactamente. Era el peso de lo que significaba. Si lo aprobaban, tendría finalmente un estatuto. Protección. Acceso pleno al sistema. Si lo negaban, el abismo. El limbo de nuevo. Y la posibilidad de ser obligado a volver a Buenos Aires… o a Caracas, si la dictadura caía.
Esa noche, no pudo dormir. Miró al techo largo rato, repasando sus declaraciones, los documentos, las pruebas. Pero no era solo eso lo que lo desvelaba. Pensaba en Layla. En lo que ella representaba. ¿Era justo involucrarla en un destino incierto?
Al día siguiente, la buscó. No la llamó. Fue directamente a su apartamento con la carta en el bolsillo. Layla lo recibió sin sorpresa, como si ya hubiera intuido que algo pasaba.
—Tu as l’air fatigué —dijo.
—Je dois te parler —contestó él, sacando la carta.
Layla la leyó en silencio. Luego se sentó. Se pasó una mano por el cabello, como quien organiza sus pensamientos.
—Et… qu’est-ce que tu veux faire?
—Je ne sais pas. Peut-être partir. Si je suis refusé.
Ella lo miró, con esa mezcla de suavidad y firmeza que lo desarmaba.
—Tu penses à fuir… avant même qu’on te dise quoi que ce soit.
Él bajó la cabeza.
—Je ne veux pas te faire de mal. Tu as ta vie. Tes douleurs. Je suis vieux, Layla. Je suis un homme fatigué, en sursis. Tu mérites quelqu’un d’autre.
Ella se levantó con lentitud. Caminó hasta una pequeña caja de madera en la repisa. La abrió. Adentro había una fotografía vieja: una mujer joven con un niño en brazos. Era ella. Y su hijo.
— Un ami de mon fils m'a avoué que Youssef était mort en mer en essayant de s'échapper. J’ai tout perdu ce jour-là. Depuis, je vis à moitié.
Se quedó en silencio un momento.
—Tu crois que je ne sais pas ce que c’est que vivre en sursis? Tu crois que je veux un homme jeune et sans histoire? Moi aussi, je suis fatiguée, Emilio. Mais parfois, deux fatigues peuvent s’appuyer l’une sur l’autre. Et résister.
Él se acercó. Le tomó la mano.
—Tu veux continuer?
Layla asintió.
—Oui. Mais sans fuite. Et sans silence.
Por primera vez, se besaron.
No fue un beso de novela, sino uno lento, torpe, cargado de historias rotas. Pero fue real. Como ellos.
Capítulo 18: El juicio silencioso
El edificio gris de inmigración no tenía nada de solemne, pero para Emilio era un templo. Afuera, el viento de abril todavía cortaba la piel. Entró con un sobre lleno de documentos y un nudo en el estómago. No era miedo a mentir —su historia era cierta—, sino miedo a que la verdad no bastara.
Había repasado mentalmente todo: la persecución en Caracas, las amenazas veladas, los artículos publicados, su paso por Buenos Aires y su huida a Canadá. Había rehecho su relato mil veces, anticipando preguntas, calculando silencios.
En la sala de espera, miró a su alrededor: hombres con turbantes, mujeres con bebés en brazos, jóvenes que hojeaban papeles como si fueran talismanes. Todos esperando un gesto, un sello, una señal de que podían quedarse.
—Monsieur Emilio Figueroa? —llamó una voz.
Lo condujeron a una oficina pequeña. Una mujer de rostro neutro y mirada precisa lo invitó a sentarse. Un intérprete en español lo saludó con cortesía mecánica. Emilio agradeció, aunque entendía lo suficiente como para seguir el hilo.
La oficial empezó:
—Señor Figueroa, ¿puede explicar por qué solicita protección del gobierno canadiense?
Y entonces, como quien se despoja de un abrigo mojado, Emilio empezó a hablar. Contó su historia sin adornos: su trabajo en la Superintendencia de Bancos, los artículos en contra del régimen, la ONG cerrada por presiones, su nombre en una lista negra que un funcionario amigo le había mostrado. Habló de la intimidación, de los silencios en su familia, del exilio obligado. De Buenos Aires y su agotamiento. De Montreal como un último intento de tener paz.
La oficial lo escuchaba sin interrumpir. De vez en cuando, tomaba notas.
—¿Ha mantenido actividad política desde su llegada a Canadá?
—Sí. Mis redes sociales están abiertas. Comparto artículos, críticas. No he dejado de denunciar. No por valentía, sino por costumbre. Es lo único que me queda.
Le pidieron pruebas. Entregó capturas, enlaces, una declaración escrita por un excompañero. También mencionó su presencia en algunas marchas de la diáspora, aunque no muchas: la salud, el clima, la edad.
—¿Volvería usted a Venezuela si el régimen cae?
Emilio dudó. Luego contestó con voz firme:
—No. Ya no tengo a nadie allí. Mis padres murieron. Mis hermanos también. Solo me quedan los recuerdos, y muchos de ellos, dolorosos.
La entrevista duró más de una hora. Al final, la oficial le dedicó una mirada breve, casi humana.
—Su caso será evaluado en las próximas semanas. Le notificaremos la decisión.
Al salir, Emilio sintió una mezcla de alivio y vértigo. Había dejado todo sobre la mesa. Lo demás no dependía de él.
Al llegar a casa, Layla lo esperaba con sopa caliente y una manta sobre el sofá.
—Comment ça s’est passé? —preguntó.
—No sé… pero ya pasó.
Ella lo abrazó sin decir nada.
Y por primera vez en muchos meses, Emilio durmió sin pesadillas.
Capítulo 19: El reloj de la incertidumbre
Desde la entrevista, Emilio vivía atrapado entre dos silencios: el de Migración Canadá, que no decía nada, y el de sus propios pensamientos, que decían demasiado.
Cada mañana comenzaba igual. Café con leche, pan tostado y la bandeja de entrada abierta en la laptop. Nada. Luego una caminata hasta la esquina, solo para estirar las piernas y hacerle creer al cuerpo que la vida continuaba. Layla insistía en que salieran, que fuesen al parque, al centro comunitario, a la biblioteca. Y a veces lo lograba.
—Tú necesitas distraerte, Emilio —le decía en su mezcla cálida de francés y español—. No puedes controlar lo que ya dijiste. Solo puedes vivir mientras esperas.
Él sonreía. Layla tenía razón, pero no era tan fácil. Cada carta que llegaba al buzón lo sobresaltaba. Cada número desconocido que aparecía en su celular le aceleraba el corazón. Sabía que la respuesta no debía tardar más de unas semanas, pero en su mente esa espera se volvía interminable.
En las noches, el insomnio volvía. Se levantaba en silencio y se asomaba a la ventana, como si la ciudad helada supiera algo que él no. A veces pensaba en Buenos Aires, en ese monoambiente estrecho donde todo lo consumía. O en Caracas, en los pasillos del viejo apartamento de sus padres, con el eco de voces que ya no estaban.
Una tarde, mientras ayudaba a Layla a organizar unas cajas viejas en su pequeño trastero, encontró una libreta suya, medio llena. Tenía apuntes de un libro inconcluso. “El país invisible”, se titulaba. Lo hojeó en silencio, y ella, notando su expresión, le preguntó:
—¿Eso también lo dejaste esperando?
Él suspiró.
—Sí… como tantas cosas en mi vida.
Layla lo miró con ternura.
—Entonces, mientras esperas esa respuesta, ¿por qué no escribes el final?
Esa noche, Emilio desempolvó su computadora. Abrió un archivo nuevo. Tituló el documento: Lo que uno escribe mientras espera. Y comenzó a teclear.
La incertidumbre no desapareció, pero encontró una forma de convivir con ella.
Capítulo 20: Una tarde en el Oratorio
Layla había insistido toda la semana. Que necesitaban respirar otro aire, que mirar la ciudad desde lo alto les haría bien, que había algo en el Oratorio de San José que aliviaba incluso a los que no creían.
Emilio aceptó. No por fe, sino por ella.
Subieron en metro hasta Côte-des-Neiges y caminaron entre árboles aún desnudos por el invierno. El aire tenía un dejo de promesa, como si la primavera esbozara su primer intento. Al llegar, la escalinata del Oratorio les pareció una procesión detenida: turistas con cámaras, ancianos en silencio, estudiantes en ronda.
Layla tomó la mano de Emilio. No era un gesto romántico; era algo más íntimo. Algo que decía “no estás solo”.
—Aquí venía mi abuela cuando se sentía perdida —dijo ella—. No rezaba. Solo miraba la ciudad desde arriba.
Subieron en silencio. Emilio no pensaba en rezar, pero sí en su madre, que cada domingo lo llevaba a misa en la iglesia de El Paraíso, en Caracas, cuando él era niño. Recordó su perfume, su chal de encaje, su voz que cantaba bajo.
Ya en lo alto, el viento les golpeó suave. La vista era amplia, despejada. Montréal se abría ante ellos como un tablero de juego donde aún no sabían qué pieza les tocaba.
—¿Y si la respuesta no es la que esperas? —preguntó Layla.
Emilio la miró. Era la primera vez que ella lo decía en voz alta. Lo pensaba a menudo, pero nunca lo había formulado con palabras.
—Entonces… viviré otra espera —respondió—. Porque eso es lo que hacemos los que venimos de lejos. Esperar algo mejor, sin saber si existe.
Layla se recostó contra su hombro. El sol comenzaba a caer sobre los techos de la ciudad.
—Tú no solo esperas. Escribes. Eso ya es más que muchos.
Emilio sonrió. La vista le recordaba las montañas de Caracas, pero sin el estruendo de las motos o el ruido de fondo del miedo.
Ese día, en lo alto del Oratorio, no llegó ningún correo, ni llamada, ni carta.
Pero algo dentro de él, calladamente, se acomodó.
Capítulo 21: La voz detrás del mostrador
Era una mañana de abril indecisa, con cielo gris y olor a tierra mojada. Emilio entró al Jean Coutu del Boulevard Décarie para buscar un antibiótico recetado por su médico de la clínica sin cita. No se sentía mal, pero el cuerpo comenzaba a recordarle su edad con pequeñas alarmas: una tos persistente, una molestia en la garganta, cansancio sin motivo.
Se dirigió al mostrador de la farmacia y entregó la receta. Mientras esperaba, hojeó una revista en francés que apenas comprendía. Fue entonces cuando la escuchó. Una voz familiar, suave pero decidida, con ese acento inconfundible del centro de Caracas.
—Señor Figueroa… ¿usted es Emilio Figueroa?
Alzó la mirada.
Detrás del mostrador, con bata blanca y gafas modernas, estaba Mariela, su antigua vecina de El Paraíso. La misma que vivía con su madre y un perrito rabioso que siempre ladraba al pasar. La misma que, alguna vez, le prestó una máquina de escribir cuando la suya se dañó. Habían pasado al menos veinte años.
—¡Mariela! —dijo, con la sorpresa golpeándole en el pecho como una ráfaga—. No puedo creerlo…
Ella rió, nerviosa, como si también se despertara de un largo sueño.
—¡Estás igual! Bueno… casi. Pero la mirada… es la misma. ¿Qué haces aquí?
—Asilo —respondió, sin adornos—. Desde hace un año.
Ella asintió. Lo comprendía.
—Yo llegué en 2019. Me tocó duro al principio, pero encontré trabajo rápido en el hospital, y luego aquí. Mi hijo me trajo.
Hablaron unos minutos entre entregas de medicamentos y pacientes. Emilio sentía un extraño alivio, como si una grieta del pasado se hubiese cerrado de pronto.
—¿Y tú sigues escribiendo? —preguntó ella, con una sonrisa pícara.
—Más que nunca… aunque ahora escribo mientras espero.
Mariela se rió.
—Eso suena a título de libro. Me avisas cuando lo publiques. Lo quiero con dedicatoria.
Intercambiaron números. Antes de salir, ella le entregó la caja del medicamento y lo miró a los ojos.
—Estamos vivos, Emilio. Ya eso es mucho.
Él caminó de regreso a casa con la medicina en el bolsillo y algo más valioso: un fragmento del pasado que había sobrevivido al naufragio
Capítulo 22: La carta
Aquel lunes no era distinto a los otros. La cafetera humeaba en la cocina del pequeño apartamento de Côte-des-Neiges, y Emilio hojeaba su libreta de notas, esa donde a veces apuntaba ideas para un cuento que nunca escribía. El teléfono estaba sobre la mesa, mudo, como casi siempre.
Había dejado de revisar compulsivamente el buzón del edificio. En los primeros meses lo hacía a diario, convencido de que la respuesta podía llegar de un momento a otro. Luego, aprendió a dosificar la esperanza: no más que una taza de café, no menos que un suspiro.
Pero ese día, bajó por rutina. Y allí estaba.
Un sobre blanco, sellado con el logo de Inmigración, Refugiados y Ciudadanía de Canadá. Con su nombre completo. Letras negras, frías, pero claras: Emilio Figueroa Alcorta
El corazón le dio un salto brutal. No quiso abrirlo allí. Subió despacio, como si llevara un animal herido entre las manos. Se sentó frente a la ventana, donde podía ver los tejados mojados por la reciente llovizna, y lo abrió con lentitud, como quien no quiere romper el futuro.
Leyó.
Leyó otra vez.
Sintió un nudo en la garganta.
“Su solicitud ha sido aprobada. Se le concede la condición de refugiado protegido en Canadá.”
No gritó. No lloró. No se arrodilló. Solo dejó caer la cabeza entre las manos y se quedó así un buen rato, respirando con dificultad, como si no creyera que, por fin, una puerta se había abierto del todo.
Llamó a Emily. Luego a Milán. Ambos celebraron en voz alta, le hicieron prometer una cena. Layla le escribió en cuanto supo: “Ahora sí comienza nuestra historia”, decía su mensaje.
Pero Emilio no pensaba en celebraciones aún.
Miró por la ventana.
Recordó a su madre. A su padre. A su casa en ruinas en Caracas. A los que quedaron allá. A los que no sobrevivieron la espera.
Y entonces entendió: el asilo no era un premio. Era un lugar desde donde empezar otra vez.
Y él, viejo y todo, todavía tenía historias que contar.
Capítulo 23: Una noche de abril
Eligieron un pequeño restaurante libanés en la Rue Saint-Denis. Nada ostentoso, pero cálido, con lámparas de vidrio de colores y un dueño que hablaba más español que francés. Emily lo había reservado con antelación, insistiendo en que esta vez no aceptaría excusas. “Papá, no todos los días se empieza de nuevo a los setenta.”
Milán llegó primero, con su abrigo negro de oficina y una botella de vino bajo el brazo. Le dio un abrazo largo a Emilio, de esos que hacen que todo parezca más real. Luego llegó Layla, vestida con un suéter rojo y los ojos brillantes de emoción.
—Ya no somos dos fantasmas, ¿te das cuenta? —le susurró a Emilio cuando se saludaron.
Emily apareció por último, trayendo consigo un pastel de chocolate envuelto en celofán. Abrazó a su padre con fuerza.
—Ahora sí estás completo aquí —le dijo—. Oficialmente.
Pidieron comida para compartir: hummus, falafel, shawarma. El vino circuló entre los vasos. Las conversaciones brincaban entre español, francés e inglés, según quién hablara y cuántas copas llevara.
—¿Y ahora qué vas a hacer, papá? —preguntó Emily.
Emilio sonrió, tomando un trozo de pan pita con calma.
—Dormir sin ese peso. Escribir con libertad. Y seguir aprendiendo este bendito francés para pedir en el hospital sin hacer señas.
Todos rieron. Layla lo miró con ternura. En algún momento, sin que nadie lo notara, le tomó la mano bajo la mesa. Emilio la dejó allí, cálida, sencilla, sin promesas.
—Y tal vez —añadió él, mirando a todos—, publicar algo que valga la pena.
Milán alzó su copa.
—Por eso, y por todo lo que todavía tienes por contar.
Brindaron.
En esa esquina de Montreal, donde aún quedaba nieve en los bordes de la acera, Emilio sintió por fin algo parecido al hogar. No era Caracas, no era Buenos Aires. Era otro lugar. Uno nuevo.
Y esa noche, entendió que el exilio, con suerte, también podía ser un principio.
Capítulo 24: El tiempo que resta
Después de la cena, comenzaron a verse más seguido. A veces en su apartamento, otras en el de ella, que estaba más al norte, cerca del parque Jarry. Ninguno hablaba de “noviazgo” o “compromiso”. A esas alturas de la vida, Emilio pensaba, las palabras pesan más que los gestos.
Layla cocinaba con gusto, mezclando sabores sirios con recetas que había aprendido en los talleres de integración. Emilio lavaba los platos después, torpemente, entre bromas y salpicaduras de jabón. Veían películas en árabe subtituladas en francés, y luego discutían sobre el final, cada uno desde sus cicatrices.
Una noche, mientras tomaban té de menta, ella le dijo:
—No pensé que iba a sentirme tan cerca de alguien otra vez. Perdí a todos en Alepo. A veces creo que me convertí en otra mujer aquí, en Canadá. Más fuerte, pero también más sola.
Emilio la miró en silencio. Sabía lo que era reinventarse sobre las ruinas. Le acarició la mano con ternura.
—Yo también creí que no volvería a compartir nada así. Pensé que solo me quedaban los libros, las palabras.
Layla apoyó su cabeza en su hombro.
—Y ahora, ¿qué hacemos con lo que queda?
—Lo que podamos —dijo él—. Lo que el cuerpo aguante y el corazón permita.
Salieron más. Fueron a la Biblioteca Nacional, al viejo cine Beaubien, caminaron entre los tulipanes del Jardín Botánico cuando el frío cedió. Ella lo ayudó con el francés, él le enseñó a jugar dominó. No necesitaban definirse, y eso les daba libertad.
Un domingo, ella le dijo en voz baja, mientras compartían un panecillo:
—Tal vez no tengamos décadas por delante. Pero tenemos tiempo. Y yo quiero vivirlo contigo.
Emilio no respondió de inmediato. Solo la besó en la frente, con esa delicadeza que tienen los que ya han perdido demasiado.
Capítulo 25: El lugar de las cosas
La vida de Emilio empezó a ordenarse como un cajón bien dispuesto. No sin esfuerzo, pero con método. Comenzó a despertarse sin ese sobresalto de quien teme abrir el buzón y encontrar una carta con noticias devastadoras. El asilo aprobado le daba una especie de paz que hacía tiempo no conocía.
Ahora asistía a la francisation con menos ansiedad. Ya no se sentía un náufrago entre pronombres y conjugaciones. Se animaba a corregir a otros, e incluso a leer en voz alta cuando la profesora lo pedía. “Vous avez une bonne prononciation, monsieur Emilio”, le dijo un día, y él se lo contó a Layla como si hubiera ganado un diploma.
Layla le recomendó un médico de familia, una clínica donde la recepcionista hablaba algo de español. Hicieron juntos la inscripción al régimen de salud y al banco de alimentos de su quartier. “No es vergonzoso —le dijo ella—. Aquí no es como allá. Aquí es ayuda, no caridad.”
También comenzó a colaborar en un pequeño blog literario de migrantes. Escribía reseñas, crónicas, microcuentos. Un joven colombiano que conoció en la francisation le enseñó a editar mejor sus textos para Kindle. “Hay que empezar a venderte, Emilio. Nadie se va a dar cuenta solo porque escribes bien.”
Una tarde, mientras ordenaban libros en la biblioteca del apartamento de Layla, ella le dijo:
—Estás dejando de ser un extranjero en tu propia vida.
Él se detuvo con un volumen en la mano, con la foto de un Caracas de los años ochenta en la portada. Sonrió con tristeza.
—Tal vez por fin estoy entendiendo dónde poner las cosas. La nostalgia en un cajón, la esperanza en el otro. Y en el medio… esto.
Layla se acercó y lo abrazó por la espalda.
—Eso es el presente, Emilio. Aunque duela un poco, es lo único que tenemos para vivir.
Y Emilio, por primera vez en muchos años, se sintió parte de algo. No de un país ni de una causa. De una rutina, de una complicidad. De una vida que aún podía tener sentido.
Capítulo 26: La portada
Todo empezó con un mensaje en su correo electrónico. Un tal Thomas Grenier, editor de una revista digital de literatura y migración francófona, decía haber leído su crónica “El invierno que me tragó” traducida por la compañera argelina de su curso de francisation. “Nos conmovió su texto, monsieur Figueroa. ¿Aceptaría que lo publiquemos en nuestra próxima edición?”
Emilio releyó el mensaje cinco veces antes de responder. Cuidó cada palabra, revisó la ortografía y el tono. En su respuesta agradeció, aceptó, y adjuntó una pequeña nota biográfica en francés, con la ayuda de Layla.
Dos semanas después, la revista publicó el número. En la portada, una ilustración que recordaba el barrio de Parc-Extension cubierto de nieve. Y en el índice, su nombre. “Écrivain vénézuélien, demandeur d’asile, Montréal.” Layla imprimió el PDF en una papelería del barrio y le compró un portarretratos de madera clara. Lo colocaron juntos sobre el aparador.
—Es solo un artículo —dijo Emilio, fingiendo modestia.
—Es un comienzo —corrigió ella.
Los mensajes llegaron de a poco. Compañeros del curso, un joven haitiano que también escribía, un librero libanés que lo invitó a una lectura pública en Rosemont. Incluso, una periodista del Devoir le escribió para una entrevista sobre escritores migrantes mayores.
Esa noche, Emilio volvió a abrir su cuenta de Amazon KDP. Revisó el manuscrito de su novela Los inviernos de Emilio y decidió rehacer el prólogo. Ahora tenía otra voz. No más la del exiliado que escribe desde el abismo, sino la de quien, con las manos aún frías, empieza a tallar su lugar en el hielo.
Miró a Layla dormida en el sofá, con un libro sobre el pecho. Se sintió agradecido. Por ella. Por los silencios compartidos. Por la portada.
Y sobre todo, por haber esperado el momento preciso para no rendirse.
Capítulo 27: La lectura
La librería era pequeña pero luminosa, con estanterías de madera clara y plantas colgando de las vigas. “Papier Voyageur”, decía el cartel en la entrada. Un rincón de Montreal donde las palabras parecían no tener fronteras.
Emilio llegó media hora antes. Llevaba su gorra gris, la bufanda que Layla le había regalado, y un cuaderno con el texto marcado. Era su primer evento literario desde que vivía en Canadá. Estaba nervioso. Sentía las manos frías, la voz apretada en la garganta.
Thomas Grenier lo saludó con entusiasmo. El librero, un libanés canoso y amable llamado Nabil, le ofreció té de menta y lo condujo a un pequeño escenario con sillas de madera alineadas al frente.
—Te leerán en francés, pero tú puedes introducir el texto en español —le sugirió Thomas.
Cuando empezó la actividad, el público era variado: estudiantes, adultos mayores, escritores de otras lenguas, y algunos rostros desconocidos que sonreían con curiosidad. Emilio se presentó con voz temblorosa, y dijo, en un español pausado:
—Este texto fue escrito una noche de diciembre, mientras la nieve cubría todo y yo me preguntaba qué sentido tenía seguir escribiendo.
Luego, una joven senegalesa leyó en francés su crónica “El invierno que me tragó”. Emilio observó los rostros, algunos cerraban los ojos, otros asentían. Uno incluso enjugó una lágrima.
Al final, un aplauso cálido. No estridente, pero genuino. Emilio sintió que algo se abría. Como una ventana en un cuarto sellado por años.
Entre el público, para su sorpresa, estaba Milan. Había llegado en silencio, se sentó al fondo. Al terminar, se acercó con una sonrisa.
—No sabía que escribías así, papá.
—Yo tampoco —respondió Emilio, con una risa entrecortada.
—Estoy orgulloso. De verdad.
Fue una noche corta, pero intensa. El librero le propuso dejar algunos ejemplares del texto, una señora de pelo blanco le pidió el nombre de su blog, y Thomas le propuso traducir otro cuento para la siguiente edición.
De regreso a casa, Layla lo esperaba con una copa de vino y una vela encendida en la mesa.
—¿Cómo fue?
Emilio levantó los hombros y luego sonrió.
—Creo que esta vez sí dije algo que alguien quería oír.
Y brindaron. Por las palabras. Por los caminos torcidos que aún llevan a alguna parte.
Capítulo 28: La escapada
Layla lo había dicho como al pasar, una tarde de marzo cuando el sol comenzaba a quedarse un poco más:
—Quiero que veas el lago Memphrémagog, Emilio. Es mi lugar de paz.
Y él, sin pensarlo demasiado, dijo que sí.
Tomaron un autobús desde la terminal Berri-UQAM rumbo a los Cantones del Este. Dos horas y media entre bosques aún dormidos, graneros rojos y pueblos con nombres difíciles de pronunciar. Layla llevaba una mochila pequeña, una libreta y una bufanda que Emilio le había regalado en Navidad. Él cargaba su cuaderno de notas y un termo con café.
El lago los recibió con un silencio apacible. No del todo descongelado, pero ya sin la crudeza del invierno. Caminaron por el borde del agua, entre árboles secos y bancos vacíos. Layla hablaba poco, pero sonreía mucho.
—Este lugar me ayudó cuando llegué. Sentía que el lago escuchaba lo que no podía contarle a nadie.
—¿Y qué escuchó? —preguntó Emilio.
—Mi dolor. Y mi esperanza.
Se sentaron en un muelle de madera. Emilio sacó su cuaderno. Le mostró un relato que había comenzado en la librería, donde un hombre huía del ruido de la ciudad para encontrarse con un lago que le recordaba a su madre. Ella lo leyó en silencio, luego le tomó la mano.
—Ese hombre eres tú, ¿no?
Él asintió. Por primera vez, sin vergüenza.
Pasaron la noche en un hostal sencillo, con paredes de madera y una chimenea común. Compartieron la cena con otros viajeros. En la habitación, se acurrucaron bajo una cobija gruesa. No hablaron mucho. A veces, el amor a cierta edad no necesita etiquetas, ni promesas, ni contratos. Basta con el abrigo compartido y el reconocimiento en la mirada.
A la mañana siguiente, caminaron por el sendero que bordea el lago. Hacía frío, pero el cielo estaba limpio. Emilio se detuvo de pronto.
—Aquí quiero escribir el final de mi novela.
Layla lo miró con ternura.
—Entonces volveremos.
Y siguieron caminando. Juntos. Con la certeza de que algo había cambiado en ellos, para siempre.
.
Capítulo 29: El rostro que no esperaba
Era un sábado tibio, casi de primavera, y Emilio decidió pasar por el mercado Jean-Talon. Le gustaba caminar entre los puestos de verduras, escuchar el francés cantarín de los vendedores y, a veces, regalarse un pain au chocolat con un café largo en la esquina de la rue Henri-Julien.
Iba distraído, hojeando un libro viejo en una mesa de segunda mano, cuando escuchó una voz que lo sacudió como un golpe bajo.
—¿Emilio Figueroa?
Giró con lentitud. El mundo se comprimió en segundos.
—¿Lorena?
Era ella. Más delgada, con gafas de marco grueso, el cabello muy corto y canoso. Tenía los mismos ojos oscuros que lo miraban ahora como quien no sabe si sonreír o llorar.
—¡No puedo creerlo! —dijo ella, con esa entonación entre la sorpresa y la nostalgia.
Él tardó en reaccionar, como si necesitara permiso para creer que aquella mujer frente a él era la misma que había amado fugazmente en Caracas, hacía más de treinta años. Su primera gran pérdida. La que se fue en silencio a Barcelona cuando él apenas comenzaba a pensar en quedarse.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó, aún incrédulo.
—Vivo en Laval. Llegué hace un par de años. ¿Y tú?
—Montréal. Desde hace poco más de un año. Estoy… intentando empezar otra vez.
Caminaron juntos por el pasillo de quesos artesanales, sin mirar ya los productos. Hablaron atropelladamente, como si el tiempo se les fuera a agotar de nuevo. Ella había trabajado como traductora, estaba jubilada. Viuda. Tenía una hija en Toronto.
Emilio sintió una punzada que no sabía si era alegría o desasosiego. El pasado no se aparecía así nomás, sin avisar.
—¿Quieres tomar un café? —preguntó ella.
—Sí —dijo él, como quien se lanza sin saber a qué profundidad está el agua.
Se sentaron en una terraza improvisada. Ella lo miraba como si intentara reconstruir algo. Él, como si temiera romper lo que estaba empezando a formar con Layla.
—Siempre me pregunté qué habría pasado si no me hubiera ido tan rápido —dijo Lorena.
Emilio la miró con dulzura. Tenía tantas respuestas que ya no importaban.
—Habría sido distinto. Pero no sé si mejor.
Cuando se despidieron, intercambiaron números. Se abrazaron con la familiaridad de los que alguna vez se amaron y no se odiaron después. Él caminó de regreso a casa con el corazón agitado, sabiendo que el pasado había abierto una puerta, pero no necesariamente para cruzarla.
Layla lo esperaba para cenar.
Y por primera vez, Emilio sintió que estaba eligiendo.
Capítulo 30: Un libro, un idioma, una promesa
Aquella noche, después de cenar con Layla —una crema de lentejas y pan árabe que ella preparó con esmero—, Emilio se quedó solo en su escritorio, rodeado de papeles. Sobre la mesa estaba el borrador de su libro: Los inviernos de Emilio. No era la versión definitiva, pero ya había recibido buenos comentarios en un grupo de lectura que frecuentaba en la Maison de la Culture.
No esperaba que uno de los asistentes, un joven profesor de literatura en la Université de Montréal, se le acercara con tanto interés. Lo recordaba bien: se llamaba Benoît Massé, tenía una barba rala, hablaba despacio y había dicho algo que Emilio no olvidó:
—Su relato tiene una voz clara, firme. Sería hermoso que más personas aquí lo leyeran. ¿Ha pensado en traducirlo?
A Emilio le temblaron los dedos. Era una pregunta que sonaba a oportunidad, pero también a miedo. ¿Cómo traducir su historia sin traicionar su idioma, su tono, su alma?
Pasaron tres semanas. Emilio no se atrevió a escribirle a Benoît. Hasta que una tarde, mientras limpiaba su bandeja de entrada, vio el asunto: "Traducción propuesta: Los inviernos de Emilio".
Leyó con el corazón a punto de salírsele del pecho. Benoît ofrecía traducir el libro al francés, sin costo inicial, como parte de un proyecto académico que promovía voces migrantes en Québec. Lo presentaría en una editorial independiente, Le Trèfle Bleu, que publicaba literatura latinoamericana en traducción.
Emilio no supo qué contestar de inmediato. Cerró el portátil y caminó hasta la ventana. Afuera, la nieve comenzaba a derretirse. Era marzo. Unos niños jugaban con los charcos, pisando los restos de invierno.
Pensó en Caracas, en Buenos Aires, en la primera noche que durmió en casa de Emily, con la espalda destrozada y el alma muda. Pensó en Layla, que leía sus textos en voz alta y le decía que su palabra tenía futuro. Pensó en él mismo, ese niño que soñaba con escribir en el cuaderno de espiral que le regaló su madre antes de morir.
Volvió a sentarse. Escribió una respuesta breve, formal, pero llena de fuego:
"Estimado Benoît:
Agradezco profundamente su interés. Para mí, sería un honor trabajar en la traducción de este libro.
Mis palabras son mi forma de no rendirme.
Cuento con usted.
Emilio Figueroa"
Envió el mensaje. Cerró el computador. Respiró hondo.
Por primera vez en muchos años, sintió que su historia —la de todos los que cruzan fronteras con el corazón partido— podía hacerse oír en otra lengua, sin perder la suya.
Capítulo 31: Palabras que abrazan
Layla llegó esa tarde con la bufanda torcida, el rostro encendido por el viento helado y una bolsa de pan sirio tibio entre los brazos. Emilio la esperaba con una sonrisa contenida y dos copas de vino en la mesa.
—¿Qué celebramos? —preguntó ella mientras se quitaba el abrigo y colgaba la bufanda junto a la suya.
—¿Recuerdas a Benoît, el del grupo de lectura? El profesor que dijo que mi libro debía leerse en francés...
Layla dejó el pan sobre la mesa y lo miró con una mezcla de curiosidad y presentimiento.
—Sí. ¿Qué pasó?
Emilio respiró hondo, como si todavía no terminara de creérselo.
—Me escribió. Quiere traducir Los inviernos de Emilio al francés. Me propuso presentarlo a una editorial. Dice que podría tener cabida en un programa de voces migrantes.
Layla lo miró fijamente. No dijo nada durante unos segundos. Solo caminó hacia él, le tomó la mano y le apretó los dedos con fuerza.
—Eso es... eso es enorme, Emilio. —Su voz estaba quebrada por una emoción sincera, sin artificio—. Tu historia, tus palabras... van a cruzar otra frontera.
Él sintió que algo se abría en su pecho, como una herida que en lugar de doler, sanaba.
—Yo solo quiero que alguien, algún día, lea lo que fuimos. Que no se olviden de los que tuvimos que empezar de nuevo con miedo y con frío.
Layla se inclinó, lo besó suavemente en la mejilla, y luego, mirándolo a los ojos, susurró:
—Te lo dije. Eres más que un sobreviviente. Eres memoria viva.
Cenaron entre risas, bocados sencillos y un vino barato que supo a gloria. Esa noche, antes de dormir, Emilio abrió el archivo del libro, buscó una línea que había escrito meses atrás, y se la leyó a Layla:
“El exilio no me quitó la voz. Me la cambió de idioma.”
Ella asintió, en silencio, y lo abrazó por la espalda. En ese gesto, Emilio sintió por primera vez en mucho tiempo que pertenecía. No solo a un país, ni a una ciudad. Pertenecía a alguien que lo había escuchado sin traducirlo.
Capítulo 32: La lengua de los otros
La cafetería tenía paredes de ladrillo expuesto y un olor persistente a café tostado. Benoît llegó con su habitual mochila desordenada y una carpeta abultada. Emilio ya lo esperaba en la esquina más tranquila, con un cuaderno de notas y la ilusión inquieta de quien teme ser malinterpretado.
—Comencé con los primeros tres capítulos —dijo Benoît, sacando las hojas impresas—. Tu prosa tiene ritmo, Emilio. Es como caminar con una mochila de piedras... pero querer seguir caminando igual.
Emilio sonrió. —Eso es exactamente lo que quise transmitir.
—Pero hay cosas... difíciles de trasladar. Las palabras “colectivo”, “ranchito”, “tigre en negro”... tienen carga. No es solo el significado, es el contexto. ¿Crees que podríamos agregar notas o pequeñas explicaciones?
Emilio asintió lentamente. —No quiero que el lector francófono piense que fui simplemente un pobre más. Quiero que sepa que era un país que se nos cayó encima.
Benoît tomó nota. —Me gusta esa frase. Quizás podría ser el epígrafe.
Pasaron horas desmenuzando pasajes, discutiendo tonos, buscando sinónimos que no traicionaran la esencia. Benoît proponía, Emilio corregía, y en ese ir y venir el libro empezaba a nacer de nuevo, como si se limpiara el polvo de otra historia.
—La parte donde describes tu llegada a Ezeiza, con la luz amarilla y el miedo en la garganta... —dijo Benoît con los ojos brillosos—, esa parte no necesita traducción. Esa parte se siente.
Al salir, el frío les mordió las orejas, pero Emilio caminó con el corazón encendido. Sentía que cada frase traducida era una pequeña victoria. No porque soñara con ser famoso, sino porque su historia —la de tantos— se estaba volviendo legible para un país que lo había acogido, aunque aún no le diera la bienvenida completa.
Esa noche, le escribió a Layla:
“Hoy entendí que no basta con que nos escuchen. También hay que hablarles en su lengua. Aunque duela, aunque parezca que traicionamos nuestra voz. No es rendirse, es abrir la puerta un poco más.”
Layla respondió:
“Yo estoy del otro lado de esa puerta, Emilio. Y aquí hay luz.”
Capítulo 33: Manuscrito en tránsito
Era un día gris, de esos que en Montréal parecen hechos de papel mojado. Emilio llegó quince minutos antes, con su abrigo de siempre, el gorro de lana que Layla le había tejido y una carpeta bajo el brazo. El manuscrito traducido, aún sin título definitivo, reposaba entre esas hojas como un corazón listo para ser expuesto.
Benoît llegó apurado, como si el frío no lo afectara, con sus gafas empañadas y una sonrisa nerviosa. Subieron juntos al edificio de ladrillo rojo donde funcionaba la pequeña editorial independiente L’Âme Errante, especializada en literatura de inmigrantes y voces no traducidas.
Los recibió Claire, una editora menuda y de ojos agudos que parecía leer más rápido con la mirada que con las palabras.
—Así que tú eres el venezolano con alma de cronista —dijo en un francés que Emilio apenas captaba, pero cuya entonación era amable.
Benoît tradujo, pero Emilio ya había entendido lo esencial: lo estaban tomando en serio.
Se sentaron alrededor de una mesa de roble. Benoît habló primero, presentó el proyecto, explicó el contexto político, la estructura fragmentaria, la voz melancólica pero combativa. Claire hojeaba el manuscrito como si leyera entre líneas.
—Lo que me interesa —dijo finalmente— no es solo el exilio. Es el tono. Esa mezcla de ternura y rabia contenida. Hay frases que... —buscó una página, leyó en voz alta en francés— “Éramos los restos de un país que no supo decir adiós.”
Benoît miró a Emilio. Él solo asintió.
—No es perfecto —dijo Claire—, pero eso es lo que lo hace real. Tiene ritmo, identidad. Hay que trabajar todavía, pulir algunas imágenes, resolver ciertas repeticiones. Pero quiero proponerlo al comité editorial. ¿Estás dispuesto a seguir adelante con nosotros?
Emilio se quedó mudo unos segundos. Luego, con una mezcla de solemnidad y timidez, respondió:
—Oui, je suis prêt.
Claire sonrió. —Eso fue claro.
Cuando salieron del edificio, Benoît levantó los brazos como si celebrara un gol. Emilio no. Solo respiró hondo. Por primera vez en años, sentía que su historia, la de tantos, tenía una dirección. Que el exilio también podía escribirse con la dignidad de una voz que se niega a morir.
Esa noche, Layla le preparó una sopa de lentejas con curry. Al servirla, le dijo:
—Hoy huele a esperanza.
Y él pensó que, tal vez, ella también era parte del libro que comenzaba a nacer.
Capítulo 34: Lo que no se escribe
La lámpara del rincón lanzaba una luz cálida sobre la mesa. Layla había servido dos copas de vino tinto, el mismo chileno económico que Emilio había descubierto en la tienda árabe de la esquina. Afuera, la nieve comenzaba a caer con la precisión de un ritual milenario. Adentro, el mundo era más pequeño, más humano, más cercano.
—¿Sabes? —dijo ella, tomando un sorbo—. Cuando leí por fin el manuscrito completo… lloré.
Emilio la miró en silencio. No le sorprendía que llorara. Ya había visto ese dolor en sus ojos, aquella vez en que le habló de su hijo perdido en las protestas. Pero esta vez era distinto. Era un llanto íntimo, sin tragedia, nacido del reconocimiento.
—¿Por qué? —preguntó, con voz contenida.
—Porque te reconocí —respondió—. En cada línea. En tu forma de mirar Caracas como quien mira un amor que lo traicionó. En tus silencios. En tus ironías. En tu ternura escondida.
Emilio bajó la mirada. Se sintió desnudo. El libro que tanto le había costado escribir, que había corregido en la madrugada, traducido con Benoît en cafés llenos de ruido, ahora era algo más. Era un espejo. Y ella lo había mirado sin apartar la vista.
—Pensé que quizás estaba siendo demasiado íntimo —murmuró—. Que el dolor personal no interesaba a nadie.
Layla se inclinó hacia él, le tomó la mano con suavidad.
—Es lo único que interesa, Emilio. Lo personal es lo más político que existe. Tú no escribiste sobre un país. Escribiste sobre el abandono, sobre el miedo, sobre no pertenecer. Eso le pasa a millones. Pero tú lo contaste con verdad.
Él sintió que algo dentro se aflojaba, como un nudo antiguo que al fin cedía.
—¿Y tú? ¿Te ves ahí?
—Sí —dijo ella, con una sonrisa triste—. Me vi en tu nostalgia, aunque no compartamos lengua ni bandera. Me vi en tus ganas de seguir, en ese capítulo donde hablas del invierno que nunca termina… Yo también he esperado primaveras.
La besó. No con pasión, sino con gratitud. Era un gesto de reconocimiento, de complicidad. Como si ambos fueran autores de una misma historia escrita desde orillas distintas del exilio.
Y esa noche, antes de dormir, Emilio pensó que había cosas que no cabían en un libro. Que lo más importante, a veces, era lo que no se escribe.
Capítulo 35: Sombras entre líneas
Era sábado, pero no había sol. Montréal estaba sumida en una neblina espesa, como si la ciudad hubiese decidido esconderse del mundo por un día. Layla y Emilio caminaban por el parque Jarry, en silencio. No era un silencio cómodo.
—Me invitaron a hablar en la Maison de la Syrie —dijo ella, de repente—. Sobre exilio, sobre reconstrucción.
—Qué bien —respondió Emilio, sin entusiasmo.
—¿Qué te pasa? —preguntó, deteniéndose—. Hace días estás extraño, seco. Apenas hablamos.
Emilio bajó la mirada. El frío le mordía los nudillos, pero no era eso lo que lo incomodaba.
—Leí el texto que preparaste para el evento —dijo, al fin—. Está bien escrito. Pero no mencionas a tu país. No por su nombre. Es todo abstracto, como si tu historia pudiera pasar en cualquier parte.
Layla frunció el ceño.
—¿Y eso qué importa?
—Importa, Layla. Si vamos a hablar del dolor, del exilio, hay que ponerle nombre. Siria. Venezuela. Palestina. Ucrania. Lo que sea. Pero hay que decirlo. Si no, todo se vuelve neutro, inocuo, como una historia sin rostro.
Ella cruzó los brazos, conteniéndose.
—¿Y tú crees que tengo que militar mi dolor como tú lo haces? ¿Gritar cada vez que alguien no denuncia lo suficiente? Lo mío es distinto. No todos queremos hacer de nuestra herida una bandera.
Emilio sintió que algo le apretaba el pecho. No era rabia. Era decepción. O quizás miedo de perder esa complicidad que los había unido.
—No se trata de banderas, Layla. Se trata de verdad.
—No, Emilio. Se trata de respeto. No puedes exigirme que diga las cosas como tú las dirías. Mi silencio también es una forma de resistencia.
Ambos se quedaron quietos, respirando el aire frío del parque. Un niño pasó en bicicleta. Un perro ladró a lo lejos. El mundo seguía su curso.
—Lo siento —dijo él, al fin—. No quise juzgarte. Es solo que… cuando uno ha perdido tanto, necesita que alguien más lo diga en voz alta, que lo reconozca.
Layla lo miró largo rato, y luego asintió.
—Entiendo. Pero tú también necesitas entender que no todos sanamos del mismo modo.
Caminaron de regreso sin tocarse. El silencio volvió, pero esta vez era diferente. No era distancia. Era respeto. Un espacio nuevo donde podían disentir sin perderse.
Capítulo 36: Una grieta en la calma
Desde hacía semanas, Emilio sentía que algo se había desplazado en su relación con Layla. No era una discusión concreta, ni un malentendido evidente, sino más bien una sutil capa de distancia que se había instalado entre ellos, como la niebla que algunas mañanas bajaba sobre las calles de Outremont: silenciosa, persistente, difícil de nombrar.
Vivían una cotidianidad ordenada, incluso cálida, con cenas compartidas, películas a medio ver, silencios cómodos y algunos paseos espontáneos por los parques medio deshielados. Pero algo vibraba de forma distinta, como una cuerda mal afinada en una guitarra que aún suena, pero ya no conmueve igual.
Una noche, mientras cenaban una sopa de cebolla que Emilio había improvisado —sin más ambición que no dejar morir las cebollas blandas del refrigerador—, Layla, sin mirarlo directamente, soltó una frase que le cayó como un ladrillo húmedo:
—A veces siento que te importan más las palabras que yo.
Emilio levantó la vista. Ella no lo miraba. Jugaba con la cuchara, moviendo el caldo en círculos como si buscara allí otra respuesta.
—¿Qué quieres decir con eso?
Layla respiró hondo, como si tuviera la frase atascada desde hacía días.
—Desde que empezaste a trabajar con Benoît, y con Claire… desde que el libro empezó a moverse, siento que ya no estás aquí. Te fuiste otra vez. Como si te hubieras encerrado en tu historia. Una historia que ya pasó, Emilio. Que te duele, sí, pero que también te aleja.
Emilio bajó la mirada. No era que no entendiera. Era que no sabía cómo explicarlo. Escribir ese libro no había sido solo una necesidad. Había sido la forma de ordenar su caída, de entenderse en el desarraigo, de salvar lo que quedaba de una identidad fracturada.
—Layla, yo…
Ella lo interrumpió con una dulzura firme.
—No estoy reclamando nada. No estoy pidiendo que dejes de escribir. Solo… no me excluyas. No me conviertas en pie de página.
La frase quedó suspendida en el aire. Emilio sintió que lo atravesaba. Pie de página. Así se habían sentido muchas de sus mujeres: adyacentes a sus proyectos, a sus desvelos, a sus causas. Él no lo había notado entonces. Ahora sí. Y dolía.
La noche terminó sin discusiones ni gestos de ruptura, pero también sin reconciliación. Layla se fue temprano a dormir. Emilio se quedó en la sala, escribiendo una nota en su libreta:
No volver a hacer del amor una nota al margen.
Luego cerró el cuaderno y apagó la lámpara.
Afuera, el viento seguía empujando restos de invierno contra los ventanales. Adentro, Emilio sabía que tenía que aprender a conjugar otro tiempo: el presente compartido.
Capítulo 37: Ottawa
La llamada de Ariana llegó una tarde de marzo, cuando Emilio salía de la Maison de la Culture con las manos entumecidas y la cabeza densa de ideas. Era su hija menor, desde Ciudad de México, con una voz tan directa como lejana.
—Papá, estaré en Ottawa por un congreso. Tengo libre el domingo. ¿Puedes venir?
El corazón le dio un vuelco extraño. Hacía más de dos años que no la veía. Habían mantenido contacto intermitente: cumpleaños, algún mensaje de voz, una videollamada mal iluminada. Pero el afecto —ese afecto lleno de culpa, de silencios, de ausencias— seguía flotando entre ellos como un fantasma benévolo.
Viajó en tren, solo con una mochila. Durante el trayecto pensó en lo que le diría, pero nada le pareció suficiente. Miró por la ventana los campos aún grises y los ríos partidos por el hielo. El paisaje le recordó que en Canadá incluso el deshielo era un proceso lento.
La vio esperándolo en la estación. Abrigo beige, bufanda de lana, el mismo corte de cabello que tenía cuando era adolescente. Se abrazaron torpemente, como si el gesto tuviera que atravesar varios países y una larga historia.
Caminaron por la ribera del canal Rideau. Tomaron café en un lugar pequeño, donde el vapor empañaba los vidrios. Hablaron sin hablar demasiado: él le preguntó por su trabajo, ella por su salud, él le dijo que su libro estaba a punto de publicarse en francés, y ella bajó la mirada antes de decir:
—Lo leí. Entero. Me dolió. Pero me ayudó a entender cosas… cosas que yo no te sabía preguntar.
Él asintió, sin saber qué más decir. Por dentro, algo se derrumbaba con suavidad, como una muralla vieja que ya no tenía razón de sostenerse.
No hubo fotos. Ni promesas. Ni escenas dramáticas. Pero cuando se despidieron, Ariana le dio un papel doblado.
—Es un pasaje. Para cuando quieras venir a México. No tienes que usarlo. Solo... quiero que lo tengas.
Y él, por primera vez en muchos años, sintió que quizás no todo estaba perdido.
Capítulo 38: Respuesta en francés
El correo llegó un jueves al mediodía, mientras Emilio esperaba su turno en la lavandería del barrio. El asunto decía simplemente: Réponse finale – Projet éditorial.
No lo abrió de inmediato. Observó primero cómo giraban las camisas en la lavadora, los calcetines retorciéndose como peces sin agua, y pensó en cuántas veces había puesto sus esperanzas a secar sin saber si el clima era propicio.
Ya en casa, con un café aguado y la luz de la tarde entrando por la ventana, leyó el mensaje de Claire:
Cher Emilio,
El comité editorial ha decidido no avanzar con la publicación en esta etapa. La historia es poderosa, pero el mercado no parece preparado para este tipo de narrativa. Lo siento sinceramente. Agradezco tu confianza, tu entrega y tu voz. Quedo siempre abierta a futuras colaboraciones.
No fue sorpresa. Tampoco tragedia. Solo una confirmación de lo que ya intuía: que el mundo editorial, incluso en su versión más abierta, seguía siendo un territorio con puertas discretas, códigos internos, prioridades ajenas.
Esa noche se lo dijo a Layla con serenidad, casi como si contara que había nevado otra vez.
—Lo intentamos. Y ya eso dice mucho —agregó, antes de que ella pudiera consolarlo.
Layla le tomó la mano.
—No necesitas su sello para saber que escribiste algo necesario. Además, aún falta una respuesta más importante, ¿no?
Emilio sonrió. Claro. La comisión de refugio. La verdadera editorial de su destino.
Encendió la computadora. Abrió el manuscrito, esta vez en su versión en español. Releyó el primer párrafo. Le pareció que seguía diciendo exactamente lo que él era: un hombre que aún no sabía si pertenecía a alguna parte, pero que seguía narrando su forma de buscarlo.
Capítulo 39: Lo que queda en pie
La primavera tardaba en imponerse. Algunos árboles ya mostraban sus primeros brotes, pero la ciudad seguía envuelta en esa luz indecisa que no terminaba de ser cálida ni fría. Emilio y Layla salieron a caminar sin rumbo, como solían hacer cuando no querían hablar de nada y, al mismo tiempo, necesitaban decirlo todo.
Tomaron la avenida Laurier en dirección al parque. Layla llevaba su abrigo claro abierto, como si desafiara el viento todavía hostil. Emilio, en cambio, iba bien abrigado, con las manos en los bolsillos y los pensamientos enredados.
—¿Recuerdas cuando me hablaste de tu país como quien describe un sueño roto? —preguntó ella de pronto.
—Sí —respondió él, sin detenerse—. Lo recuerdo todo.
Layla se detuvo junto a un banco de madera gastado. Se sentaron.
—A veces pienso que somos como esas casas que sobreviven a una guerra —dijo ella—. Con los vidrios rotos, las paredes quemadas… pero aún en pie. ¿Tú crees que eso basta?
Emilio tardó en responder. El viento traía olor a tierra húmeda, y el cielo parecía aguantarse las lágrimas.
—No lo sé —dijo al fin—. Pero es lo único que tenemos. Lo que queda en pie. Tú, yo, estas caminatas, este idioma que intentamos entender. No es mucho… pero tampoco es nada.
Layla lo miró en silencio. Sus ojos estaban más suaves que de costumbre. Luego deslizó su mano dentro del bolsillo de él, buscando abrigo o quizás compañía.
—No quiero que el final de tu libro sea triste —dijo.
Emilio la miró con una leve sonrisa.
—Entonces ayúdame a que no lo sea.
Volvieron caminando más lento. Esa noche no hablaron de la editorial, ni del proceso de asilo, ni del futuro. Solo compartieron una cena sencilla, música instrumental en volumen bajo y el calor callado de quien ha encontrado en otro una forma de resistir.
Capítulo 40: El sobre blanco
La carta llegó un lunes. Era temprano, la luz apenas comenzaba a colarse por los vidrios del pasillo, y Emilio se disponía a bajar por su correspondencia sin mayor expectativa. En su edificio, los buzones metálicos solían vomitar facturas, folletos y cartas ajenas. Pero esa mañana, el sobre tenía su nombre y su dirección completos, impresos con la tipografía neutra y oficial de Immigration, Réfugiés et Citoyenneté Canada.
El corazón se le detuvo un segundo. Luego comenzó a latir con esa cadencia torpe de los momentos irreversibles.
No abrió el sobre de inmediato. Lo llevó consigo como quien carga un artefacto sagrado o una bomba sin detonar. Subió las escaleras con lentitud. Preparó café sin pensar, como si necesitara una ceremonia previa. Luego se sentó frente a la mesa, con la taza humeante a un lado, y rasgó el borde del sobre con una lentitud casi teatral.
Dentro había una sola hoja. Ni muy larga ni muy breve. Sin florituras. Sin lenguaje frío, pero tampoco cálido. Solo una oración que lo cambió todo:
Le informamos que su solicitud de asilo ha sido aprobada. A partir de esta fecha, usted cuenta con la protección del Estado canadiense.
Emilio se quedó en silencio. No sintió alegría eufórica, ni alivio inmediato. Fue más bien una pausa larga, una suspensión del tiempo. Como si no pudiera todavía creer que, después de tantos inviernos —reales y simbólicos—, una frase administrativa tuviera ese poder de redención.
Pensó en sus padres. Pensó en Ariana, en Emily, en Milán. Pensó en Caracas, en las noches de apagones, en los años de miedo. Pensó en Layla, que aún dormía en la habitación contigua.
No lloró. Solo cerró los ojos y repitió, como un mantra sereno:
—Gracias.
No sabía exactamente a quién dirigía esa palabra. A Canadá, a Dios, al azar o a los que murieron para que él pudiera estar ahí. Tal vez a todos.
Doblando con cuidado la carta, fue hasta el cuarto. Layla seguía dormida, acurrucada bajo las cobijas. Emilio se sentó en el borde de la cama, le acarició el cabello y susurró:
—Ya está. Ya puedo quedarme.
Ella abrió los ojos apenas. No dijo nada. Solo le sostuvo la mano con fuerza, como quien confirma que todo lo vivido —los desarraigos, los silencios, los intentos— finalmente tenía sentido.
Capítulo 41: El brindis en voz baja
No hicieron una fiesta. Emilio no era hombre de alardes, y Layla comprendía bien esa sobriedad suya que prefería los gestos discretos a las fanfarrias. La celebración se limitó a una cena simple, pero pensada: cordero al horno con especias, un arroz jazmín con almendras y un vino argelino que Layla había estado guardando para “cuando pasara algo bueno”.
Encendieron unas velas pequeñas sobre la mesa. Afuera, la ciudad comenzaba a sacudirse los restos del invierno. Todavía quedaban placas de nieve endurecida en las aceras, pero el aire ya no mordía con la misma crueldad. Emilio sentía algo parecido en el pecho: seguía el peso, pero ya no dolía tanto.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Layla mientras servía el vino.
Emilio pensó un momento. Luego, con una media sonrisa, respondió:
—Como si al fin pudiera sentarme sin mirar la puerta.
Chocaron suavemente las copas. Layla lo miró con esa mezcla de ternura y admiración que solo se consigue entre dos exiliados que han sobrevivido sin volverse piedra.
—Hoy Canadá te hizo legal —dijo ella—, pero hace tiempo que perteneces.
Comieron en silencio por momentos, saboreando no solo los platos, sino la pausa que la vida les había concedido. Después de cenar, Layla le entregó un pequeño paquete. Dentro había un cuaderno nuevo, de tapa dura, con papel marfil.
—Para lo que sigue —dijo, sin más explicación.
Emilio lo acarició como se acaricia a un hijo por nacer.
—No sé si me queda otra historia —dijo.
—Sí te queda. Pero ahora puedes escribirla desde un lugar menos oscuro.
Se sentaron juntos en el sofá, con la última copa de vino entre ellos. No hubo música. No hacía falta. Solo el murmullo del refrigerador y el golpeteo tímido del viento en las ventanas.
Antes de dormir, Emilio escribió en la primera página del cuaderno:
Hoy brindé por mí sin culpa. Gracias por quedarte cuando no era fácil.
Luego apagó la luz y se abrazó a Layla como quien al fin ha dejado de huir.
Capítulo 42: Epílogo en primavera
Era abril, y por primera vez en mucho tiempo, Emilio no esperaba nada urgente. No había sobres por abrir, respuestas por adivinar, decisiones que lo empujaran fuera de sí. Solo esa tibieza irregular de la primavera, que llega en Montréal como una caricia torpe: tímida al principio, luego insistente, luego verdadera.
En la esquina del parque Laurier, los árboles todavía tenían el recuerdo desnudo del invierno, pero ya comenzaban a brotarles las promesas verdes. Emilio se sentó en su banco habitual, el que daba hacia el sendero de tierra donde las parejas empujaban coches de bebé y los perros olían sin culpa.
Tenía el nuevo cuaderno sobre las rodillas. La tapa azul, lisa, sin título. Aún no había escrito nada más que aquella frase de la noche del brindis, y sin embargo, ya se sentía contenido por esa página. No presionado. No urgido. Solo acompañado.
Pensó en Caracas, en la última vez que había estado en la Plaza Los Palos Grandes, en el olor de la guayaba sobre el asfalto caliente, en las bolsas negras flotando como murciélagos diurnos por las aceras. Pensó en sus hermanos muertos, en su madre diciéndole que no se rindiera nunca, incluso cuando ya no quedaba nada por defender.
Pensó en Buenos Aires, en los kilómetros al volante, en las noches solo con su cansancio, en la dignidad con la que uno también fracasa.
Y pensó en Montréal, esta ciudad que no pidió, pero que lo acogió sin estridencias. Aquí había aprendido a callar de otro modo, a escuchar lo que los otros exilios decían en idiomas que apenas comprendía. Aquí había conocido a Layla, a Emily y Milán desde otra dimensión, ya no como padre, sino como alguien que aprendía a serlo de nuevo, sin el escudo de la autoridad.
Miró hacia el cielo: sin nubes, sin estruendos. Solo un azul pálido como la paz.
Sacó su pluma. No pensaba en una gran novela. Tal vez un relato. O solo una carta. Pero quería empezar.
Escribió:
Hay inviernos que duran más que las estaciones. Algunos incluso se alojan en el pecho, y uno aprende a vivir con ese frío. Pero hay días —raros, mínimos, persistentes— en que algo se descongela. Y uno recuerda que todavía sabe escribir con la mano tibia.
Guardó el cuaderno. Se puso de pie. Cruzó el parque sin apuro, como si ahora el tiempo ya no lo persiguiera. A lo lejos, en la esquina del boulevard Saint-Joseph, Layla lo esperaba con una bufanda floreada y un gesto que no necesitaba traducción.
Emilio sonrió. Porque al fin —y sin que nadie se lo prometiera— la primavera había llegado.
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