El viaje secreto

 

 



     
A cinco años de tu partida, madre querida
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Una vez, cuando Magaly, que entonces era la esposa de Ignacio, y su hija Oriana decidieron viajar a Europa para celebrar la graduación, Ignacio resolvió no acompañarlas. Para entonces, el matrimonio había perdido buena parte de aquel encanto que alguna vez tuvo, y él sentía que necesitaba algo más urgente que unas vacaciones: necesitaba unos días lejos de la rutina, de las explicaciones y de esa costumbre matrimonial de tener que justificar hasta los pensamientos.
Decidió quedarse y aprovechar la ocasión para viajar con su madre.
No se lo contó a Magaly. Supuso, con la resignación de quien conoce de memoria las consecuencias de sus propias decisiones, que sobre el viaje caerían críticas, preguntas y aquellos cuestionamientos que siempre parecían encontrar una razón para existir. Así que compró en secreto dos boletos para Margarita y guardó la noticia como quien guarda una pequeña conspiración familiar.
Su madre se puso feliz.
Para entonces, sin embargo, su salud mental se había resquebrajado bastante. No soportaba quedarse sola y podía entrar en pánico con una facilidad que a Ignacio le partía el alma. Aun así, aquellos días parecía haber recuperado una parte de sí misma que la enfermedad le había ido quitando poco a poco.
Llegaron al Margarita Hilton cuando el hotel todavía estaba en todo su esplendor, cuando las tardes parecían hechas para quedarse en ellas y el mar tenía esa manera suya de fingir que nunca había conocido una tragedia.
Ignacio ya había estado allí varias veces con Magaly y Oriana. Había hecho algunos amigos en las canchas de tenis, deporte que descubrió tarde, cuando ya no tenía edad para descubrir muchas cosas nuevas, y que sin embargo terminó apasionándolo como si hubiera estado esperándolo toda la vida.
Su madre, en cambio, no había descubierto todavía la virtud de quedarse sola.
Cada vez que Ignacio se alejaba para jugar y pasaba más tiempo del que ella consideraba prudente en la cancha, aparecía por allí acompañada de alguno de los muchachos del hotel. Seguramente le había contado, con esa angustia que podía convertir una ausencia de veinte minutos en una tragedia familiar, que Ignacio llevaba demasiado tiempo desaparecido.
—¿Dónde estabas? —le preguntaba.
Y él, que sabía que no había respuesta capaz de tranquilizarla por completo, sonreía y le decía que había estado jugando.
Aquellos pocos días fueron particularmente hermosos.
Ignacio tenía a su madre consigo, pero sin la vigilancia ni los cuestionamientos de Magaly, tan inclinada a juzgar algunas de las conductas maternas que escapaban de aquellas normas de etiqueta, misteriosas y absurdas, que parecían gobernarlo todo.
Por primera vez en mucho tiempo, madre e hijo podían estar juntos sin tener que explicarle a nadie por qué se divertían de aquella manera.
Ignacio recuerda especialmente una tarde en la playa del hotel.
Llevaron una botella de vino, que a su madre le encantaba. Los médicos se lo habían prohibido porque tomaba ansiolíticos, pero aquel día estaba con él y, por alguna razón que entonces pareció suficiente, Ignacio decidió que no iba a convertir aquella escapada en una prolongación de todas las prohibiciones que ya pesaban sobre su vida.
Se tomaron la botella demasiado rápido.
Después, como suele ocurrir con las decisiones que se toman bajo el sol, el vino y la felicidad, terminaron aceptando un masaje de relajación de una de las terapeutas que ofrecían el servicio en la playa.
Lo disfrutaron muchísimo.
Su madre pidió más vino.
Siempre quería un poco más.
Esta vez fue Ignacio quien puso el límite.
Después se metieron en el mar. Para entonces ella había perdido buena parte de sus habilidades como nadadora y hasta aquellas olas pequeñas, casi domésticas, bastaban para despertar sus temores. Ignacio permaneció pendiente de ella todo el tiempo, como si pudiera protegerla del mar simplemente manteniéndola al alcance de sus ojos.
Fueron pocos días, pero los vivieron como si el tiempo hubiera decidido hacerles una excepción.
Su madre compró a sus anchas en Conejero. Comieron pescado frito y tomaron la chicha de rigor en aquel mercado que tanto les gustaba. Caminaron, conversaron y rieron con esa alegría sencilla que solamente aparece cuando uno consigue olvidarse, aunque sea por unas horas, de las cosas que lo esperan al regresar.
A veces pensaban en Magaly y Oriana recorriendo Europa, visitando ciudades, entrando en museos y viviendo sus propias aventuras.
Y entonces se miraban y comprendían, sin necesidad de decirlo, que ellos también tenían una aventura.
La suya era más pequeña.
No tenía monumentos, ni trenes europeos, ni fotografías frente a catedrales antiguas.
Tenía pescado frito, chicha, una botella de vino, unas canchas de tenis, una madre que preguntaba demasiado pronto dónde estaba su hijo y un hombre que, por unos días, había decidido esconderse de su propia vida.
Era una escapada clandestina, sencilla y sin grandes pretensiones.
Pero tenía el encanto de una película que nadie más estaba viendo.
Años después regresaron varias veces a Margarita, ya con toda la familia. En una de aquellas ocasiones se hospedaron en el Laguna Mar, donde su madre sufrió un accidente grave que estuvo a punto de costarle la vida.
Ignacio prefiere no detenerse demasiado en ese recuerdo.
Hay recuerdos que uno no olvida porque quiera conservarlos, sino porque la memoria, que tiene sus propias leyes, se niega a soltarlos.
Aquel accidente le dejó una culpa que todavía lo acompaña. Fue, en buena medida, un descuido suyo. Estaba demasiado pendiente del equipaje de todos, de las cosas que podían perderse, y durante unos minutos olvidó que la salud de su madre ya estaba en franco deterioro.
Quizás por eso aquel viaje secreto tiene para él un significado que los demás nunca alcanzaron a comprender.
No fue solamente un viaje a Margarita.
Fue uno de esos breves paréntesis que la vida abre sin advertirnos que algún día serán cerrados para siempre.
Su madre y él tuvieron unos días para ellos, lejos de las obligaciones, de las críticas, de las explicaciones y de las preocupaciones. Ella pudo sentirse libre y él pudo disfrutar de su compañía sin preguntarse cuánto tiempo les quedaba.
Ahora, cuando Ignacio vuelve a aquellos días, no recuerda el hotel.
Tampoco recuerda las compras, ni las canchas de tenis, ni siquiera el vino.
Recuerda la risa de su madre.
Recuerda su ansiedad cuando él se alejaba demasiado.
Recuerda sus ganas de seguir bebiendo.
Recuerda el miedo que le producían las olas.
Y recuerda, sobre todo, aquella complicidad silenciosa de saber que estaban haciendo algo a escondidas mientras, al otro lado del océano, Magaly y Oriana vivían su propia historia.
Con los años comprendió que aquella había sido una de las pocas veces en que pudo tener a su madre solamente para él.
Quizás ese fue el verdadero viaje secreto.
No el viaje que ocultaron a los demás, sino aquel que, sin saberlo, hicieron juntos hacia un tiempo que ya no volvería.
Porque hay viajes que terminan cuando uno regresa a casa.
Y hay otros que empiezan precisamente entonces, cuando los años pasan, las personas se van, las habitaciones quedan vacías y solamente queda la memoria para reconstruir aquellos días en que todavía estaban todos los que uno amaba.
A Ignacio le quedó Margarita.
Pero, sobre todo, le quedó la risa de su madre junto al mar.
Y esa risa, muchos años después, todavía parece llegarle desde aquella tarde, como si el viento hubiera decidido conservarla para él.







En una ocasión, Magaly, entonces esposa de Ignacio y su hija decidieron viajar a Europa para celebrar la graduación de Oriana. Él prefirió no acompañarlas. Para entonces, su matrimonio había perdido buena parte de su encanto y el necesitaba, más que unas vacaciones, unos días lejos de aquella rutina. Decidió quedarse y aprovechar la oportunidad para viajar con su madre. No le contó sus planes a Magaly; seguramente habrían llovido críticas y cuestionamientos -supuso en silencio. Así que, en secreto, compró dos boletos para Margarita. Su madre estaba encantada. Su salud mental, sin embargo, ya se encontraba bastante resquebrajada. Llegaron al Margarita Hilton cuando todavía estaba en todo su esplendor. Ya había estado allí varias veces con Magaly y Oriana. Había hecho algunos amigos en las canchas de tenis, un deporte que descubrió tarde, pero que comenzó a apasionarle. Su madre no soportaba quedarse sola. Entraba fácilmente en pánico. Cada vez que él iba a jugar y pasaba un buen rato en la cancha, ella aparecía por allí acompañada de alguno de los muchachos del hotel, a quien seguramente le había contado, con angustia, que Ignacio llevaba demasiado tiempo ausente. Aquellos días fueron particularmente hermosos. Tenía su compañía, pero sin la vigilancia ni los cuestionamientos de Magaly, tan dada a juzgar ciertas conductas de su madre que escapaban de aquellas absurdas normas de etiqueta que parecían regirlo todo. Recuerda especialmente una tarde en la playa del hotel. Llevaron una botella de vino, que a su madre le encantaba. Los médicos se lo habían prohibido porque tomaba ansiolíticos, pero ese día estaba con él .  Sabía cuánto placer le proporcionaban esos pequeños momentos de libertad y, aunque debía ser prudente, decidió que no iba a convertir aquella escapada en una extensión de sus restricciones. Se tomaron la botella demasiado rápido y terminaron animándose a recibir un masaje de relajación con una de las terapeutas que ofrecían el servicio en la playa. Disfrutaron muchísimo. Su madre quería más vino; siempre quería un poco más. Esta vez fue él quien puso el límite. Después se metieron un rato en el mar. Para entonces ella ya había perdido buena parte de sus habilidades como nadadora y las olas, aunque pequeñas, bastaban para despertar sus temores. Ignacio permaneció pendiente de ella todo el tiempo. Fueron pocos días, pero los vivieron intensamente. Su madre compró a sus anchas en Conejero. Comieron pescado frito y tomaron la chicha de rigor en aquel mercado que tanto les gustaba. Rieron al pensar que, mientras Magaly y Oriana recorrían Europa, probablemente disfrutando de sus propias aventuras, ellos tenían la suya. Era una escapada clandestina, sencilla y sin grandes pretensiones, pero tenía el encanto de una película. Años después regresaron varias veces a Margarita, ya con toda la familia. En una de esas ocasiones se hospedaron en el Laguna Mar, donde su madre sufrió un grave accidente que estuvo a punto de costarle la vida. Prefiere no detenerse en ese recuerdo. Aquel accidente, sin embargo, le dejó una culpa que todavía le acompaña. Fue, en buena medida, un descuido suyo. Estaba demasiado pendiente del equipaje de todos, y por unos momentos olvidó que la salud de su madre estaba en franco deterioro. Quizás por eso aquel viaje secreto tiene para él una significación especial. No fue solamente un viaje a Margarita. Fue uno de esos breves paréntesis que la vida nos concede sin avisarnos que, con el tiempo, terminarán convirtiéndose en recuerdos preciosos. Su madre y él tuvieron unos días para ellos, lejos de las obligaciones, de las críticas y de las preocupaciones. Ella pudo sentirse libre y él pudo disfrutar de su compañía sin pensar en cuánto tiempo les quedaba. Ahora, cuando vuelve a aquellos días, no recuerda el hotel, ni las compras, ni siquiera el vino. Recuerda su risa, su ansiedad por saber dónde estaba cuando se alejaba, sus ganas de seguir bebiendo, el miedo que le producían las olas y aquella complicidad silenciosa de saber que estaban haciendo algo a escondidas. Quizás ese fue el verdadero viaje secreto: no el que ocultaron a los demás, sino el que, sin saberlo, su madre y él hicieron hacia un tiempo que ya no volvería.

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