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!Que fácil fue robarse ese país!




Nunca imaginé que resultara tan fácil a dos bribones apoderarse de un país. Si, ciertamente, hacerse en la práctica dueños de sus instituciones y de sus inmensos recursos naturales bajo la mirada complaciente de la comunidad internacional, y no me refiero a Guinea Ecuatorial donde Teodoro Obiang y su hijo Teodorin llevan más de treinta y cinco años de férrea dictadura, de vulgar enriquecimiento y de estrambóticos lujos, mientras en la población reina el hambre y la miseria. No, me referiré a otro noble pueblo suramericano que ha tenido en su historia y en sus instituciones valiosos intelectuales y visionarios políticos. Es incomprensible  que nunca precavieron la posibilidad de que las fuerzas armadas de su país y su máximo órgano judicial fueran deliberadamente penetradas por la corrupción y la politiquería para someterlas de forma abyecta a la voluntad de un grupete de mafiosos de cuellos rojo y verde oliva.

Parece la trama escrita para una excelente película al mejor estilo de “La gran estafa”. Aun me cuesta creer que dos mediocres sujetos que no  pasaron siquiera por una universidad, se pudieran confabular para cometer una estafa de dimensiones colosales e institucionales: Embaucar a toda una población para sustraerles la riqueza del país, la convivencia en paz, la alimentación, el presente y el futuro de sus hijos. Uno, infiltrado en los cuarteles, con aparente vocación militar porque no era pasión castrense sino ambición lo que lo movía, que apenas llegó al grado de teniente coronel con mediocres notas y que su más relevante responsabilidad había sido una cantina de  cuartel; el otro, un sujeto de ascendencia colombiana y dudosa nacionalidad, pues nunca exhibió la partida de nacimiento que le acreditara haber nacido en el país que sería su botín. De profesión chófer de tren, formado en  materia sindical en el ejercicio callejero de la política, se alistó para su adoctrinamiento marxista durante varios años en las escuelas de formación fascista en la Cuba de Fidel.

Se reúnen en varias ocasiones estos sujetos en uno de los  calabozos de un centro penitenciario situado en un caluroso pueblo del centro de ese país, en donde cumplía una cómoda estancia en prisión el primero al haber fracasado en un cruento golpe militar. Allí cocinan el plan macabro para adueñarse de toda la riqueza y las instituciones de esa nación, que hasta ese momento parecía bendecida por los dioses.

La elaboración del plan estuvo sin duda a cargo del resentido militar, quien mostraba un curioso talento para ingeniar estrategias tenebrosas y muy poco quedaba para la escasa inteligencia del bellaco chófer, que a todo lo planteado se limitaba a emitir los términos sumisos “excelente”, “claro”, “seguro”,  o al mejor estilo de Cantinflas: “ss ..órdenes jefe”

El estrafalario militar de origen llanero, con un particular carisma para embaucar incautos, parecía poseído por el espíritu irredento de algún descalabrado y amotinado soldado de alguna de esas batallas perdidas durante la guerra de independencia. Poseía  una verborrea similar a la de un predicador brasileño, por  lo que precedía cada comentario sobre su plan con una cháchara  bolivariana aprendida en lecturas rápidas y con poca luz de las conocidas obras “Venezuela Heroica” y “La libertadora del Libertador”.

Reunidos una mañana en el aludido calabozo, el militar mostraba al esmirriado grandulón, el guión a seguir para coronar la fabulosa estafa. Mira bigote -le decía- estos son los pasos a seguir, me los mandó el camarada Fidel desde Cuba, yo le hice varios ajustes. Hay que cumplirlos al pie de la letra.

En una amarillenta hoja oficio escrita a máquina, se podía leer:

1) Tomar el poder por medio de una rebelión militar y en caso de fracaso, procurar una victoria electoral mediante la satanización de los partidos políticos de derecha y la oferta de una revolución social.

2) En ejercicio del poder inmediatamente promulgar una nueva constitución nacional con disposiciones ambiguas que nos permitan ajustarlas conforme a las necesidades de la revolución.

3) Iniciar la infiltración de camaradas en los cuarteles para ir ideologizando las tropas. Utilizar el poder económico y político para corromper al generalato y a los cuadros medios de las fuerzas armadas.

4) Iniciar el desarme de la población civil opositora y suprimir los cuerpos de policías regionales. Armar a los grupos de seguidores extraídos de los sectores más vulnerables, ganados al odio sobre la derecha, como son las cárceles y los barrios más paupérrimos del país.

5) Instaurar una hegemonía comunicacional mediante la expropiación de medios, sean radio, televisión o prensa, suprimiendo las concesiones a los opositores, comprando por interpuestas personas los más importantes medios, así como restringiendo la importación de papel para los periódicos del enemigo.

6) Designar en los cargos de magistrados de la corte de justicia a abogados incondicionales que no tengan escrúpulos a la hora de elaborar y firmar las sentencias que se les ordene dictar desde el poder ejecutivo, de modo de controlar férreamente el máximo órgano judicial  cubriendo las apariencias con formalidades legales.

7) Elevar a los rangos superiores de las fuerzas armadas a militares ideologizados o comprometidos con el gobierno por grandes favores, preferiblemente aquellos involucrados en delitos de corrupción y legitimación de capitales, de modo  que dirijan las tropas y los cuarteles atendiendo lineamientos para la defensa de la revolución ante las arremetidas de la oposición.

8) Infiltrar a los grupos y partidos de oposición con la finalidad de dividirlos y provocar confrontaciones internas.

9) Atender fundamentalmente las necesidades de los seguidores de la revolución, de modo que se sientan atados social y económicamente a la generosidad del gobierno y le deban su lealtad.

10) Mantener un control de cambios sobre las divisas para someter al sector comercial, a los productores nacionales  y a los empresarios enemigos.

El colombiano lee con avidez el texto de las indicaciones y sonríe maliciosamente. Luego pregunta con timidez al capo:

-Mi comandante, esto está perfecto para perpetuarnos en el poder. Son unos genios mi tío Fidel y usted. Pero me pregunto, cómo hacemos con las organizaciones internacionales como la OEA, ONU, UNASUR, etc.

-Bigote, no seas tan ingenuo, esas organizaciones son entelequias que impresionan a tontos demócratas. Esas no pueden sino acordar y escribir pendejadas para publicar en la prensa y en CNN, pero de allí a imponer conductas a un gobierno fuerte, eso solo se lo creen los románticos de la derecha.

-Comandante y cómo controlamos el Congreso, al pueblo y a las multitudes inconformes.

-No bigote, el Congreso lo dominamos ganando las elecciones parlamentarias y cuando ya no tengamos mayoría en esa vaina, lo controlamos judicialmente a través de una sala constitucional de la Corte aplicando el numeral 6 de esta receta . Respecto al pueblo, a los líderes fervorosos los neutralizamos con cárcel. Los seguidores de estos se van desilusionando y terminan abandonando el país. Los demás son apáticos por naturaleza que le tienen mucho miedo a las armas y a la pólvora.

-Jefe y como evitamos la acción de órganos como la Fiscalía, Contraloría y el órgano electoral?

-Pero qué te pasa bigote. En esos órganos colocamos a la cabeza nuestras fichas más leales y consecuentes de modo que obedezcan ciegamente nuestras propuestas.

-Bueno mi comandante, yo creo entonces que sí seguimos estas indicaciones con pasión revolucionaria, nos aseguramos la eternidad en el poder.

Efectivamente este par de truhanes a partir de ese momento se apegaron estrictamente a esos diez mandamientos, que les garantizaban que su proyecto pudiera ser continuado por sus descendientes y más fieles adláteres cuando ellos desaparecieran.

Al cabo de muchos años en el ejercicio del poder, el  militar, cómo si lo hubiera previsto, sucumbió a una penosa enfermedad mortal y debió dar paso en el mando al colombiano, no sin antes asegurarle una inmensa fortuna a sus hijos, hermanos y a toda su generación. El colombiano, sin el carisma de su antecesor, continuó aplicando la receta de la conspiración en medio de muchas broncas con una población inmersa en hambrunas y descontento generalizado. El colombiano, sin duda, debe haber seguido las estrategias de su antecesor para asegurarse la riqueza infinita de toda su prole que se caracterizaba por abundar como las flores.

El desenlace de este gigantesco robo seguramente será  inesperado y cruento, pero quedará para la posteridad este singular trance histórico político como una lección a la indiferencia de la intelectualidad de ese país.




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