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La gesta histórica del 11 de abril de 2002 y la mascarada del gobierno










Esta fecha que tiene una relevancia histórica no sólo para el país, sino para la humanidad, tiene para quienes fuimos no solo testigos sino protagonistas de esa gesta cívica inolvidable, un significado inmenso que hoy nos reclama al menos dejar un testimonio escrito de lo que allí ocurrió, ante la mascarada del gobierno de Hugo Chávez y sus seguidores, que han propalado mentiras para convertir esa gesta que culminó en una masacre contra una multitud inerme (19 muertos y cientos de heridos), en un acto meramente político, que según el gobierno solo pretendía un golpe de estado planificado por la derecha con el apoyo de la CIA, para matar al presidente. Éste durante su largo gobierno pretendió hacer épica su actuación en estos hechos y seguramente sus enfermizos seguidores le creyeron.

Voy a rememorar los acontecimientos tal como yo los presencié, a riesgo de omitir algún detalle importante en virtud de que han transcurrido más de diez años desde esa fecha al momento que escribo y lo hago sin apoyo de obra escrita alguna sobre el tema, que han sido prolíficas. Ese día la Coordinadora Democrática había convocado una concentración en las inmediaciones de la avenida La Estancia en la redoma de Chuao, Municipio Baruta, para reclamar al Gobierno y al presidente Chávez fundamentalmente los atropellos que venía cometiendo desde la Presidencia de la República contra todos quienes adversaban sus temerarias decisiones: los miembros de la Coordinadora, el personal de alto nivel y directivos de PDVSA y una buena representación de la sociedad civil que se concentraba reiteradamente en la plaza Altamira.

Realmente había un ambiente muy crispado ante tanta patanería presidencial y el pueblo ese día se manifestó espontáneamente a reclamarle al presidente su comportamiento. Miles de personas se movilizaron alegres, pero firmes a rechazar el talante del presidente. Una gigantesca concentración que no ha vuelto a repetirse; -algunos especialistas calcularon la asistencia en más de un millón de personas- se reunió a gritar consignas, pero en el ambiente estaba la idea de pedirle la renuncia al presidente.

En plena redoma de Chuao, desde la tribuna alguno de los líderes quizá obedeciendo lo que pedía la multitud, gritó también: “¡vamos a Miraflores!” y la concentración se movilizo sin más hacia ese destino. Yo en lo particular no tuve la disposición de hacer tan largo recorrido a pie y me uní a un grupo que buscaba hacia la estación Altamira del Metro; allí muchas personas se sumaban a la manifestación y otros grupos se animaron a tomar los vagones para desplazarse hacia Bellas Artes; fue en este punto que nos unimos a la marcha que comenzaba a llegar desde Chuao por la autopista y el Paseo Colón. La multitud iba eufórica, pero pacifica; a esa altura ya circulaba en la marcha la especie de que nos aguardaban los “Círculos Bolivarianos” con palos y piedras, pero la gente no tenía miedo, estaba llena de valor, dispuesta a resistir un ataque cobarde de esos grupos. Al arribar a las inmediaciones de la Plaza Mayor contigua a la avenida Baralt se escucharon disparos y muchos suponíamos que eran solo bombas lacrimógenas.
La marcha se había detenido a la altura de la esquina La Pedrera, al percatarse que desde el Puente Llaguno un grupo de seguidores del gobierno disparaban, no obstante intentó proseguir pero sonaron mas disparos que provenían de distintos sitios y estalló en gritos y estupor la multitud al caer asesinados por certeros tiros varios de los manifestantes. A tres metros de donde yo me encontraba cayó de un tiro en la cabeza un señor que portaba una bandera; miramos despavoridos buscando el origen de los disparos y alcanzamos a ver sobre el techo del edificio “La Nacional” hombres armados apostados -suponemos que funcionarios del Alcalde Bernal- que al parecer disparaban a la multitud y también provenían disparos desde el Puente Llaguno y edificios aledaños. En ese momento recibí una llamada de mi esposa que observaba por televisión la imagen divida de la masacre y una cadena del presidente y me pidió que por Dios regresara. Yo no tengo vocación de héroe y opté por regresar; en ese momento ascendían pidiendo paso por la avenida Baralt dos tanquetas de la Policía Metropolitana, que la multitud recibió con aplausos ya que obviamente llegaban a tiempo para hacer frente a los criminales que masacraban al pueblo. A mi regreso topé en el camino con los amigos Pedro Burguillos y Luis Quiñones; observamos que mucha gente avanzaba aun buscando la marcha, trate de disuadir a una señora que junto a sus dos pequeños hijos caminaba hacia la multitud, advirtiéndole que estaban masacrando a los manifestantes, que era mejor regresar y nunca olvidaré su reacción, me dijo: “no importa si debemos morir, ese canalla tiene que irse”. Seguimos caminando consternados por lo ocurrido y a la altura de Plaza Venezuela nos detuvimos ante un televisor por el que se difundía la conversación por radio que acababa de sostener “Tiburón uno” (el presidente Chávez) con otro tiburón (no recuerdo si dos o tres), éste le daba como parte, la presencia de francotiradores en algún edificio aledaño a Puente Llaguno, desde donde disparaban a la multitud, la respuesta de “Tiburón Uno” (comandante supremo como le dicen post mortem sus fervientes seguidores) nos dejó perplejos, cual si le avisaran de un hecho irrelevante, evadió el tema y no emitió ninguna instrucción al respecto; ustedes dirán¡. El resto de los acontecimientos que sobrevinieron es de todos conocidos.

Se había alcanzado –aparentemente- el objetivo cívico de la marcha: la renuncia de Chávez; en la noche el Alto Mando Militar, encabezado por el General Lucas Rincón anunciaba al país que en virtud de los acontecimientos ocurridos le habían solicitado la renuncia al presidente y que éste “la aceptó”. Luego sobrevino un desenlace que no estaba en la mente de los manifestantes, la supuesta renuncia y posterior arresto del presidente y la huida de su vicepresidente Diosdado Cabello, provocaron lo que la entonces “Corte Suprema de Justicia” calificó posteriormente como “un vacío de poder”; y de repente aparece en la televisión el presidente de Fedecámaras dando el célebre “Carmonazo”, amparado por un conjunto de militares y civiles se juramenta como presidente ante sí mismo y decreta la disolución de todos los poderes públicos. Luego vendría el desmadre que traería de vuelta a Chávez. ¡Lloramos la gesta perdida!

Cuando escribo esta crónica (17-12-2013), el ex comisario de la Policía Metropolitana Iván Simonovis, sentenciado a la máxima pena (30 años de prisión) en un amañado juicio sin pruebas de su culpabilidad en la muerte de dos seguidores de Chávez que cayeron en Puente Llaguno, se encuentra en un estado de salud deplorable (19 patologías), producto del cumplimiento en condiciones inhumanas de - hasta ahora- nueve (9) años de prisión. Quienes estuvimos en la Baralt ese día sabemos que la Policía Metropolitana, en ese momento bajo su comando, solo evitó una masacre mayor con su intervención, y por eso la sociedad civil está en deuda con Simonovis, Vivas y Forero (estos dos últimos en libertad condicional por padecer cáncer) y los otros agentes que cumplen similar condena.

Sobre estos hechos el gobierno chavista que está por arribar a 15 años en el poder, ha construido otra historia contada por sus tarifados periodistas, cineastas y escritores; pero no perdemos las esperanzas de que cuando esta pesadilla termine, algún día, florecerá la verdad verdadera.

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